Ensonnacionesmarianas es un blog abierto a la reflexión propia y ajena sobre cualquier tema sobre el que deseemos pensar. El ensueño tiene que ver con la idea antigua del sueño como camino al conocimiento (por ejemplo, El primero sueño de Sor Juana).

F(h) Consultora en PYMES y ONGs

jueves, 10 de agosto de 2023

Distinto de aquel, pero casi igual

El año pasado, a partir de algo que conversé con alguien en twitter (¿uno de los vascos? es posible), volví a escuchar a Calamaro. Recuerdo que, un día, salí a una disquería de Corrientes (ya no quedan muchas) para ver qué encontraba de él. Compré Bohemio y Honestidad brutal. Los pagué en cuotas con tarjeta de crédito.

A principio de este año, me encontré que él había hecho una participación con Los Auténticos Decadentes. Hicieron una hermosa versión de "Costumbres argentinas". Lo que más me fascinó fue que el video está realizado en mi barrio, en la confitería El Molino. Y viajé. Viajé a mis 17 años. De pronto, me vi con el pantalón de educación física, las topper celestes, una cartera tejida (por mí) y mi walkman. Iba caminando al cole por Callao en dirección a Corrientes, oyendo Mi vida loca o Cualquiera puede cantar, que eran casettes que tenía copiados de CDs de mi hermano. A veces, de camino al cole, me encontraba con Valeria. Por las tardes, entre otras cosas, oiría a Calamaro, en CDs que compraba con lo que obtenía tejiendo escarpines. Ese video en ese lugar, no fue hecho por el guionista de la vida de ellos, sino por el guionista de la mía. Sin dudas.

Al poco tiempo de eso, supe que iban a estar los Decandentes en una presentación, así que sacamos entradas Noelia, Claudia y yo. Sábado 5 de agosto, emprendí mi camino en dirección a la B por Callao hasta Corrientes, pasando por la esquina de El Molino, oyendo a los Decadentes como otrora. Quinta vez que veía a los Decadentes. Primera, que veía a Calamaro. Y viajé. Mucho. A mis 17 años. De nuevo.

Pero no retorné en seguida. El lunes 7, salí de mi casa, acompañada de la plena insatisfacción que me acompaña últimamente, en dirección a la escuela. Esta vez, al trabajo. Es posible que estuviera escuchando el programa de Sietecase o algo de Paralamas. No recuerdo bien. Cuando ella y yo doblamos por Rivadavia en dirección a Rincón, un señor empezó a hacerme señas cruzando los brazos. Decía "Mariana, Mariana". Y yo pensaba "¿de dónde sabe esta persona mi nombre?", mientras iba tratando de encontrar algo en sus rasgos que me permitiera saber quién era. De pronto, lo vi. Al unísono, dijimos "Carlos Gauna". Y así, en ese señor, se materializó mi compañero de banco del colegio. En modo breve, me actualizó de su vida, me presentó tres recuerdos (uno de ellos sobre mi memoria insondable), me mandó saludos para mi hermana, y dijo:

— ¿Hace cuánto que no nos vemos?

— Hace como 24 años.

— Hace treinta kilos — dijo riendo.

Y era él. Claramente, era él.

Nos despedimos con la promesa del encuentro. No bien arranqué mi camino, me vino a la cabeza la voz de Calamaro "distinto de aquel, pero casi igual". Ese era él. Y seguí viajando. Con esa canción, entramos a la fiesta de egresados que hicimos en el año 98 en Retro (Flores). Seguramente, porque fui insoportable pidiendo poner eso. Acto seguido, desperté del ensueño, tomé el celular y le pregunté a Valeria si sabía con quién me había encontrado. Riendo, me dijo "con Calamaro". No. La orienté. Bingo. Con Carlos. Le propuse juntarnos los tres. Pasamos la tarde chateando en grupo por whatsapp, y acordamos encuentro. Me quedé con la sensación de que hay gente de la que nos alejamos sin saber por qué y que, muchas veces, mantenemos vínculos que no deseamos. Fui feliz. Por un momento.

El miércoles 9 de agosto, yo seguía de viaje. Combinamos de encontrarnos en Callao y Corrientes para hacer honor a la esquina que supo alojarnos (aunque dudo contenernos). Hoy ya no está. Hay un edificio enorme con un Mostaza debajo. Decidimos, entonces, ir a La Ópera. Como Valeria y yo llegamos primeras, entramos. Se acercó el mozo:

— Señoras...

— Me ofende — dijo ella riéndose.

Y yo me reí por primera vez en la tarde. Empezamos a comer hasta que llegó él. Se sentó a mi lado, igual que en el cole. Nos contaba de su vida, de su encuentro con el Papa. Hasta que viajó. La miró a Valeria:

— No sé por qué esta (por mí) me celebraba todo, como con lo de Tuchi.

Y empecé a reírme como alienada.

— ¿Ves que es una estúpida?

Seguimos hablando. Recordó que mi mamá le hacía un sánguche los días de educación física. Recordé cómo se copiaba. En cierto momento, le dijo a Valeria que le iba a hacer un truco de magia. Me pidió (al oído) que no revelara el truco "porque sos muy terrenal". Miré la situación absorta porque Valeria eligió creer, mientras yo no podía entender cómo no había visto volar el papel sobre su cabeza. Y éramos los mismos tres. Porque, con la gente, uno tiene sus versiones. Con Valeria, soy una que no soy con otros amigos. Tenía una profe de euskera que decía que "juntos", "elkarrekin", era estar con "elkar". Y creo, en este divague, que con cada persona nuestro elkar es diferente. Ciertamente, el que tengo con ella es diferente al que tengo con ella y con Carlos. Nuestro elkar se había hecho presente 25 años después.

Me fui con una hermosa sensación. Hacía mucho que no me reía con la panza, de quedarme sin aire. La última vez, fue jugando con Selene, Noelia y Diego. Pero no es algo que me pase seguido. Al volver caminando con Carlos, me dijo que sentía que le había faltado cerrar un ciclo, y que lo estaba cerrando. Le comenté que me parecía que el final que tuvo nuestro quinto año, sin un cierre amoroso, nos había dejado algo trunco. También, sentí que la rueda de la fortuna estaba girando, cerrando un ciclo y empezando otro ("Muerdo el anzuelo, y vuelvo a empezar de nuevo").

Estando en casa, me di cuenta de algunas cosas. La primera es que bajo el vidrio del recuerdo, muchas veces, vemos el pasado hermoso. Mi adolescencia no lo fue. Elijo recordar lo bello. Lo segundo que descubrí es que, en esa etapa, me salvaron mis amigos, la música y mis animales (la Cuqui y el Pucho). La tercera es que hay que rodearse con los Cristian Castro de la vida (le piden una participación y se copa, hacen una torta con su cara y agradece con lágrimas, mueve las caderas, sale en culo, es feliz y da felicidad) porque, de los otros, de las personas que aparecen ofreciendo sus recuerdos, su vida, su palabras, sus risas y huyen de la nada el mundo está repleto. Y no son necesarios. A partir de una cierta edad, hay que elegir reír, siempre, aunque estés en el piso y la vida te haya cagado a patadas. Reír. Con alguien. Y el resto que pase de largo.

Pero no puede ser ese el fin de este texto. Fue Carlos quien me dijo que estudiara Letras, camino que me llevó a un montón de situaciones bellas de la vida. Si no le hubiera hecho caso, el 5 de agosto no hubiera ido a ese recital con Noelia y con Claudia. Selene no sería mi ahijada. Cuando nos despedimos, me dijo que siguiera escribiendo. Acá, está tu pedido. Y que siga girando.

Como dice Vinícius de Moraes, a vida é a arte do encontro, embora haja tanto desencontro pela vida. Seamos artistas, entonces. 

domingo, 21 de octubre de 2018

Despedinme dela de fronte ó mar

ía lonxe pra nunca máis retornar.

A vida é así, un constante ver pasar:

uns veñen e outros van;

uns volven, outros endexamais.

Volveu un día, pero non era máis ela

volveu pálida e fría, sen as súas cores, sen os seus cantos,

sen o seu sorriso, sen o seu pranto.

Cumprín o seu último desexo

de ficar na súa terra, na súa terra de mar

na súa terra de chuvia, na súa terra meiga.

Leveina ó mar co seu traxe de madeira.

"Ir y quedarse y con quedar partirse"

Lo deseé y sucedió, como pocas suceden. Fue mágico, quizás, sí. Fue esa parte de poesía que, a veces, sucede en la vida.

En febrero, pensé que quería ir a Mendoza (para un curso que estoy haciendo), aunque en ese momento me dijeran que no era posible. Pero fue. Cuando supe que viajaba, pensé que, a veces, los deseos sí se cumplen.

Pero sucedió algo más. Dos días antes de viajar, me puse muy inquieta. Sentía que algo diferente iba a pasar. Y pasó
Rita siempre supo que algo había diferente. Su historia era más antigua de lo que todos pensaban. Y, aunque muy distante en el espacio, cuando sonaba una gaita se transportaba a los bosques del otro lado del océano.

Con el correr del tiempo, algunas cosas fueron despertando en ella. Sensaciones de otro tipo. Pero en sentido equivocado. Como si pudiera escribir historias por anticipado, pero con el final equivocado. Si un lugar se le fijaba en la memoria, algo ocurriría allí con el correr del tiempo, pero nunca sabía cuál sería el motivo que la llevaría ahí.

En algunas ocasiones, los resultados no fueron tan negativos. En otras, hacía las lecturas equivocadas a anticipaciones bastante claras. Las mejores percepciones siempre las tuvo en sueños porque, como le gusta tanto dormir, los pensamientos se dieron cuenta de que era el mejor modo de hacerle saber cosas.

Al principio, eran percepciones leves, lejanas en el tiempo. Sin embargo, llegó un momento en que sus muertos empezaron a ayudarla. "Esto va a pasar, tené paciencia". O saber que debía ir a visitar a un pariente fallecido en sueños y hacerlo. No abandonarlos era su tributo. De hecho, comenzaron a ocurrile una serie de cosas que cualquiera podría decir que eran de mala suerte: trabajos que no se dan, amores que huyen antes de ser amores... Sin embargo, con el tiempo, se enteraba de algo malo había ocurrido en aquellos lugares en que la habían rechazado y con aquellas personas con quienes no sufrió. Supo, entonces, que eran sus muertos tomándola en brazos y llevándola en volandas hacia otro lado.

Llegó un tiempo en que miraba a una mujer y le decía "vas a ser madre" y ocurría. "Vas a ser madre" y ocurría. "Vas a ser madre" y ocurría. Hasta que cierto día, vio a su propio padre y se ahogo en llanto porque supo que moriría. Y ocurrió.

El problema de ella comenzó a ser que ser vedoira no está mal si es para cosas positivas y si es sabiendo un final. Pero nunca puso terminar de tener en claro las cosas que sucederían con ella, como si los presentimientos vinieran fallados, incompletos. Un riesgo.

Y hubo una tercera etapa. El deseo. "No quiero envejecer con fulano a mi lado", decía. Y lo repetía, y lo repetía. Y fulano se fue. "Quiero conocer Oza" y lo conocía. El problema fue cuando, sin pensarlo, deseaba cosas feas, no muy habitualmente, porque al día siguiente su perro amanecía enfermo. Y una voz en su interior le decía "tu habilidad solo existe para cosas buenas".
En ciertas ocasiones, es necesario que haya alguien que tenga permitido llorar, ni ser el débil, sino alguien que tenga la suficiente sangre y cabeza fría para actuar. Llorar, quizás, en algún momento, cuando nadie te vea.

A los 10 años, sucedió lo inesperado, lo que no entra en tus planes, lo que te los cambia sobre la marcha. Mamá, desde ese entonces, me dijo que era necesario que yo supiera todo. Me llevaba con ella para que escuchara, viera y ayudara. Nunca me dijo "tenés que ser fuerte".

Como en el campo, me agarraba de la mano y me llevaba con ella. Nunca me preguntó "¿cómo te sentís?". Solo me decía qué debía hacer porque la abuela, quien me cuidaba cuando ella no estaba, se olvidaba.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Día Internacional de la Lengua Materna

Si tengo que hablar de la lengua materna, debo hacerlo desde la paterna: el gallego. Si esa lengua tuvo un defensor ultramarino, sin dudas, fue él.

Una vez, le pregunté en qué lengua soñaba y, con ese ímpetu tan de él (muy parecido al mío), me dijo que cómo le preguntaba eso, que en gallego. En ese momento, me dijo que solo podía hacerlo en la lengua con la que su madre le había dado de mamar. Sí, debería haber sido lingüista o poeta.

En Buenos Aires, si se cruzaba con un gallego, le hablaba en gallego, lógico. Y, si su interlocutor le respondía en castellano, nunca cambiaba de lengua. Cuando el otro se daba vuelta, simplemente, decía que era un gallego de mierda que se había olvidado de dónde había salido.

Me hablaba de poesía gallega (Rosalía, Curros, Pondal). De hecho, me dijo que esos libros eran mi herencia, que era algo así como entregarme su alma.

Cuando estudié portugués, lejos de enojarse me explicaba que era casi lo mismo, que íbamos a poder comunicarnos igual (no me hacía falta el portugués, siempre le entendía cuando me contaba su mundo en gallego).

Cuando le dije que estaba estudiando euskera (vasco), también, pensé que se iba a enojar. Lejos de ello, me incentivó. Era un gran defensor de su lengua propia y de la de los otros.

Indefectiblemente, la patria de uno es la lengua (para los vascos, lo que te hace vasco es la lengua). Es el modo en que aprendiste el mundo, te da las palabras para poder decir lo que te rodea. Y es imposible hacerla en otra. A mí, por ejemplo, me cuesta mucho explicarles a los extranjeros esto del "chamuyo", de "hacer el verso" y otras expresiones tan argentinas.

Mi papá tenía la idea de que la lengua materna es la de la tierra de uno (los gallegos y la madre, los gallegos y su tierra son temas de tesis). Por eso, me insistía con que aprendiera guaraní. Sí, a mí, argentina hija de gallego y asturiana. Porque era la lengua de mi tierra. Me lo decía como si en el castellano yo estuviera expatriada, como creo que le pasaba a veces a él.

No solo soñaba en gallego y hacía las cuentas en gallego. Era la única lengua que le servía para expresar su cariño desde el alma. Lo hacía poco, pero cuando lo hacía era con todo el sentimiento.

Cuando él se murió, sentí que se moría Galicia para mí porque él la recreaba con sus palabras a cada paso, porque lo que tenía de esa tierra era por medio su boca.

No sé gallego. Nunca lo aprendí, aunque pueda leerlo y entenderlo, nunca podré hablarlo. Supongo que es como esa historia de Alberti de que nunca fue a Granada. Hay territorios que uno solo puede explorar de la mano de alguien que los ama, pero, sin ellos, todo eso carece de sentido.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Diciembre 2017

Cada vez que hay una marcha o corte importante, aprovecho el paseo con el perro para analizar cómo viene la mano.

En asunciones presidenciales e incluso en apertura de legislativas, siempre intenté pasar el corte del Congreso para ir a pasear con el perro. En ocasiones me dejaron, en otras no. Pero siempre el personal de la policía, quizás porque notaban que era vecina del barrio, me repondió con la mayor cortesía o bien dejándome pasar o explicándome por dónde ir a la plaza.

En las legislativas de este año, dos cosas me prendieron la alarma. Una ver camiones del Ejército. La otra es que los cortes arrancaban desde Sarandí. A eso, agregarle que se paseaban por el barrio en motos en clara demostración de fuerza.

Ayer, quise hacer lo mismo. El gendarme me habló en un tono de mierda cuando pasé la valla. Apelé a la gendarme porque el personal femenino siempre se enternece más con perros. Su respuesta fue super educada, pero lo que más me encendió la alarma es que ella respondía con miedo. Porque sí, porque hay gente que entra a la gendarmería por una casa y un laburo asegurado y se encuentran, un día, a los tiros en plena ciudad. Eso me dio la idea de que no tenía que salir de casa.

Alrededor de las cinco, aunque seguían corriendo gente para el lado que va a 9 de julio, saqué al perro. No solo se escuchaban los helicópteros, sino que, además, se sentían entre nosotros presencias que no eran del barrio. Tuve la sensación de gente de civil dando vueltas.

A la noche, no fui a cenar con unas amigas para llegar temprano a casa porque supe de detenciones arbitrarias (si es que alguna no lo fue) en la zona del anexo. Quise llegar rápido y guardarme. Sí, como si mi barrio estuviera sitiado. Cuando supe que la gente del anexo fue amenazada por gendarmes al verlos sacar fotos de lo que estaba pasando, entendí que el tipo que me chistó desde adentro del anexo el miércoles, cuando me puse a sacar fotos, me quería decir que me cuidara, que no fuera boluda, que no sacara fotos.

En la vida, pensé que esto iba a pasar. Y me dirán, pasó el 2001 y lo viste de cerca. Juro que no había tanto personal de las fuerzas en la calle. Nunca vi esos chalecos, ni esas armas. Nunca vi a tantos. Nunca.

Y todavía hay periodistas que desvían la mirada y que se atreven a echarles la culpa a los diputados que reclamaban por la represión que se daba afuera.

viernes, 20 de octubre de 2017







La pregunta sobre tu paradero ya fue respondida. Nadie más podrá decir que te vio en tal o en cual lado.

Sin embargo, quedan algunas otras preguntas a ser respondidas.

¿Qué te pasó?
¿Quién fue?
¿Cómo lo hicieron?
¿Dónde sucedió?

Espero que nos puedan responder pronto qué mierda te hicieron, chiquito.

Me intriga saber si otra pregunta que me viene será respondida. ¿Se hará justicia? Estela dice que sí, que siempre ella tiene esperanza. Por el momento, voy a tratar de creerle a ella.

viernes, 1 de septiembre de 2017

1984

El Ministerio de la Abundancia habla de lluvia de inversiones.
El Ministerio de la Verdad dice que ganó Bullrich.
El Ministerio del Amor desaparece a Santiago Maldonado.
El Ministerio de la Paz dice que estamos en guerra con los Mapuches porque mataron a nuestros Tehuelches.

Orwell llora.

viernes, 9 de junio de 2017

Decía Vinícius de Moraes "A vida é a arte do encontro, embora haja tanto desencontro pela vida"

Tengo dos habilidades raras, pero que me gustan. Una es la de soñar embarazos, anunciárselos a la personas con las que sueño y que, meses después, me digan que quedaron embarazadas o que van a ser papás.

La otra es la de encontrarme con gente que conoce gente que conozco de otros ámbitos o de otra época. La última y más extraña que me pasó, fue a fines de 2015 o de 2016. Me dio la curiosidad de encontrar en face a los hijos de mis padrinos. Tuve suerte, la encontré a ella. Me puse a ver entre sus contactos si estaba mi madrina, para poder ver cómo es ahora, ya que la última vez que la había visto había sido como en otra vida. Y, oh, sorpresa, entre los contactos de la hija de mis padrinos, encontré a una compañera del cole. Lógico, lo primero que hice fue escribirle y preguntarle.

Y me contó que, de adolescente, había sido amiga de la prima. Y me hablaba de mi madrina, de lo buena onda que era con ellos, del departamento de ella, del recuerdo de esa casa hermosa en Lanús, de lo buena onda de Analía, de mi padrino...

Pero esas habilidades que me gustan, encontrar gente, anunciar embarazos (encontrar vida), se ve compensada por una que no me causa gracia. Dos veces, pude presentir la muerte de alguien con algunos meses de anticipación. La primera, fue a fines de 2011, mi papá me miraba desde la puerta de su departamento mientras yo esperaba el ascensor para irme. Lo miré y supe que se iba a morir. Me fui llorando hasta mi casa, se lo dije llorando a mi mamá. Cinco o seis meses después, lo internaron, salió, lo volvieron a internar. Un día, desperté y me dije "murió". Como tenía que ir a rendir un examen, pensé qué hubiera querido él, así que fui y lo rendí. Volví a casa, pasó una hora, me llamó mi mamá. Había muerto. Curioso, murió una o dos horas después de haberme levantado con la certeza de que estaba muerto. Me gusta creer que me vino a visitar antes. No terminaría más si contara las de veces que sé que vino después.

La segunda, fue con mi padrino. Creo que fue el único amigo real que tuvo mi papá. Hacía mucho tiempo que no lo veía, creo que la última vez habrá sido en 2008 o 2009. Obvio, estaba con mi papá. Mi papá le hablaba de los muertos recientes que tenían en común, se enojaba si Raúl no los recordaba o no recordaba algún dato recóndito que solo podía acordarse él. A fines de 2015 o principios de 2016, sentí que había fallecido y empecé a romperle las bolas a mi madre para que llamara y averiguara algo. Se resistía, creo que por el miedo de que tuviera razón una vez más. Pero seguí rompiéndole las bolas hasta que lo hizo. No sé si en junio del año pasado o por ahí. Se alivió. Estaba vivo, internado, pero vivo. Seguí rompiéndole las bolas. Obvio, para ir a verlo antes de que falleciera. Me dijo que me sacara esas ideas de la cabeza.

Este último 31 de mayo, cuando apagué la luz para dormirme, me empecé a acordar de él. Lo raro es que de su mano vino mi papá y comencé a recordarlos juntos, qué cosas tenían parecidas, cuáles no. Y, sin darme cuenta, les dije a ambos lo que siempre le digo a mi papá "saludos, donde quiera que estén, sepan que los quiero". Al día siguiente, que habría sido su cumpleaños, vi un post en face en que celebraban su cumpleaños. Vi comentarios que me alertaron, le pregunté a la hija y, efectivamente, había fallecido en septiembre del año pasado. Sin saberlo, la noche anterior, lo había saludado con la absoluta certeza de que ya no estaba.

Una de las primeras personas a las que se lo dije fue a mi compañera del cole. Supongo que, como yo no podía parar de llorar, necesitaba compartirlo con alguien que supiera de quién hablaba (más allá de mi mamá y de mi hermana). Busqué fotos de él, que tengo en mi escritorio. Las llevé al cole, se las mostré a Egle.

Esta tarde la vi, me preguntó si tenía noticias. Y sé que esa pregunta sirve para que hablemos de gente en común que pobló nuestros pasados, gente que pasó por nuestras vidas en buena manera y no en vano.

Lamentablemente, mi relación con Raúl y con mi papá era como la del padre de la publicidad que le enseñaba la teoría de la relatividad al hijo con una mirada. Como le dijo hace poco un vasco a mi amiga Inés, "ella es de campo, si te recibe en su casa, es una demostración de cariño, no esperes más".

Como escribió Galeano una semana después de haber desaparecido su amigo Haroldo (Conti), "yo ya no tengo cómo decirle(s) que lo(s) quiero y que nunca se lo dije por la pereza o la vergüenza que me daba".

jueves, 22 de diciembre de 2016

ACRIBILLARON A UN PIBE DE MI BARRIO
la inseguridad acecha
ACRIBILLARON A UN PIBE DE MI BARRIO
nunca lo vi tan de cerca
ACRIBILLARON A UN PIBE DE MI BARRIO
no había opuesto resistencia
ACRIBILLARON A UN PIBE DE MI BARRIO
quizás, estudiante, quizás, laburante, no lo sé
ACRIBILLARON A UN PIBE DE MI BARRIO
y no llenaron durante horas las pantallas con su historia
ACRIBILLARON A UN PIBE DE MI BARRIO
estaba con las manos en alto
ACRIBILLARON A UN PIBE DE MI BARRIO
no fue en un asalto, no
LO ACRIBILLÓ LA POLICÍA

martes, 9 de agosto de 2016

Colecciono casas irreales y embarazos imposibles.
Los cambio por estómago en buen estado
y alguna que otra vértebra flexible.

domingo, 7 de agosto de 2016

Como una plegaria

Abrió los ojos, aunque ya los tuviera abiertos. Comenzó a escuchar rumor de gente en la puerta. Algunos lloraban e imploraban antes de entrar. Se sintió confundido, nunca pensó que tanta gente lo esperaba. Miró al niño, pensó qué hacer con él. No tenía dudas, lo cuidaría un momento Mario. Bajó del pedestal, se acomodó la ropa y pensó que, si bien había estudiado leyes, debía hacer una actualización en Derecho Laboral.

Al encontrar a Mario, le dijo:
- Mario, necesito salir un momento. ¿Me cuidaría al niño?

Mario no contestó, simplemente no podía salir de su asombro. Tomó al niño sin borrar el gesto de sorpresa de su cara.

Lo curioso fue que los fieles, al ingresar, no percibieron que en su lugar había ubicado alguien similar. La desesperación era tanta que solo atinaron a tocarle los pies a quien estaba ahí, pedir, rezar, llorar.

En el tiempo que pasó entre la medianoche y la finalización de la ceremonia, él fue a reunirse con militantes políticos, sociales y gremiales. Se dio cuenta de que ya no eran suficientes las organizaciones de beneficencia, que los tiempos habían cambiado; y decidió involucrarse. Pidió ser uno de los oradores al día siguiente. Como no lo conocían, tuvo que hacer uso de sus mayores poderes de oratoria. Los convenció. Casi como un milagro.

En la mañana, luego de la ceremonia, multidud de personas se reunió en la puerta del santuario. Él estaba espectante. El gentío con sus banderas lo emocionaba mucho más que con sus llantos. Se daba cuenta de que la organización popular era la solución y no el milagro individual. La organización colectiva era el verdadero milagro.

Estaba nervioso, era su primera movilización. Muchos preguntaban quién era ese señor de barba candado y sotana negra, mezcla de estudiande de Filo y cura. Alguien, en la movilización, como último acto de fe, se puso a repartir estampitas para aquellos que necesitaran empleo y un milagro más.

Al llegar a Plaza de Mayo, los oradores se fueron sucediendo. El problema radicaba en cómo presentar a este señor que decía haber venido de muy lejos, pero que nadie conocía. No supieron. Así que simplemente, dijeron:

- Damos paso al último orador.

Subió. Estaba entre emocionado, nervioso y feliz. No supo cómo empezar. De hecho, tardó un momento antes de reaccionar y ver a esa multitud pidiendo trabajo, entre otras cosas. Pero comenzó:

- Mi nombres es...

Y se vio interrumpido por un rumor. Personas que se miraban entre sí, que alzaban una estampita en la que se encontraba con un niño en brazos y una espiga. Era él, los había acompañado a reclamar lo que tantos le pedían. Estaba de pie, estaba vivo, reclamaba por paz, pan y trabajo.

martes, 2 de agosto de 2016

Lo peor ha pasado

Qué es un desengaño
un mal día
un mal año
si lo peor ha pasado.

Qué decir si mis planes no se cumplen
si no triunfo
si no encuentro el rumbo
si lo peor ha pasado.

Cómo no seguir adelante
no levantarse
no batallar
si lo peor ha pasado.

Lo peor ha pasado
no lo dudo
lo recuerdo
en junio, agosto y mayo
lo peor ha pasado.

Para el resto solo resta
decir adiós
levantarse
empezar de nuevo
porque, definitivamente,
lo peor ha pasado.

sábado, 30 de julio de 2016

Arde Buenos Aires

Tristeza infinita. Por varias cosas, especialmente, por mí. Sin embargo, no puedo dejar de ver lo que sucede alrededor, aunque esta semana más que nunca quisiera poder abstraerme y solo hacer comunión con mi alma.

Estando en Mendoza, elogié la limpieza. Es algo que hago frecuentemente cuando voy a otros lugares porque, evidentemente, la ciudad en la que vivo (¿mi ciudad? ¿Buenos Aires llegará algún día a ser mi ciudad? ¿algún día dejaré de sentir que estoy de paso?) no lo es. Debo confesar que me miraron un poco raro porque, en algún lugar, había un vasito en el piso (¡un vasito!).

Cuando yo era chica, pensaba que Posadas vivía sucia. Era una sensación, Posadas no era sucia era natural. Recuerdo que era imposible limpiar los muebles porque se llenaba todo muy rápido de tierra y, en la calle, sucedía lo mismo. La tierra roja está presente, la naturaleza no se deja dominar del todo. Sin embargo, era una ciudad limpia.

Las ciudades hablan de sus habitantes. A veces, me avergüenza que Buenos Aires hable de mí. Con solo sacar a pasear a Galán, lo que veo todas las mañanas son veredas rotas, mugre y más mugre y más mugre, deposiciones de perros cuyos dueños no levantan, pis de perro marcando las paredes o lo que venga (porque los dueños los dejan), pis de humanos (trasnochados y no), botellas rotas (a veces, hay que sortearlas para que el perro no se corte), basura desparramada, cosas flotando en el agua de la fuente, y podría seguir.

No es tanto la mugre lo que me inquieta, sino que, así como somos abandonados con el mobiliario, lo somos con la gente que habita en ella. Cada vez, hay más gente viviendo en la calle, gente que depende de la buena voluntad de otros para comer. Podría enumerar a gente a la que observo constantemente y lo hago porque, si un día no están en su lugar habitual, no voy a pensar que están mejor sino que les pasó algo. Y es muy triste escuchar cosas como "ojalá que enrejen la plaza porque se te instalan", "de noche no saco a pasear al perro porque los que están ahí te roban" y, como fue desde siempre, el pobre es el delincuente (basta leer el Lazarillo de Tormes). Porque se olvidan de que son seres humanos que sienten, piensan, sufren, aman, lloran, ríen, comen igual que el resto.

Y duele. Buenos Aires es una ciudad que duele cada vez más. Así como las casas son el reflejo de nuestro interior (el mío, claramente, como dice la compañera Belén es barroco, pero no soy tan enquilombada como mi casa), las ciudades lo son de nosotros. ¿Podría alguien que vive en el medio de la mierda y el abandono tener buena energía para relacionarse con los demás? Entonces, ahí, tenemos la explicación de los bocinazos, las respuestas de mierda, la gente de mierda la violencia, este arde Buenos Aires...

¿Qué te hemos hecho Buenos Aires para que tus aires se transformen? ¿Cuándo te robamos el alma?

Como ya dije, debe de ser eso que decía Macunaíma, para entrar a las grandes ciudades hay que dejar la conciencia en la Ilha de Marapatá. No sé si es posible seguir persiguiendo acá la muiraquitã.

miércoles, 27 de julio de 2016

Mendoza - Ir y quedarse y con quedar partirse

Macunaíma al entrar en San Pablo deja su conciencia colgada en la Isla de Marapatá. Evidentemente, esas cosas que uno no necesita en las grandes ciudades. Ni eso ni el alma. Es por eso que al ir a lugares pequeños uno necesita recuperarlos.

Siempre sostuve que uno el ritmo interior y la temperatura interna las aprende de chico. No me importa que me digan que mi acento es de porteña o que soy porteña, sé lo que soy. Mi padre me enseñó a no olvidarlo. La memoria es un ejercicio constante, como el amor y la morriña gallega, incluso, ayuda a engrandecer lugares. Posadas me dio la vida, los juegos en la vereda, mi ritmo interior y mi temperatura.

Cuando viajo a lugares más pequeños, suelo recuperar estas dos últimas cosas. Llevo desde el domingo intentando entrar en la velocidad porteña, en sus horarios y en su ansiedad. En cambio, consigo andar muy despacio, sin prisas. La temperatura es algo que no pierdo nunca, la pasé mal con el frío mendocino como lo paso mal con el porteño. Uno se da cuenta de que tiene huesos. Eso para alguien que usó campera por primera vez a los 7 u 8 años es exceso.

Mendoza no es el lugar más hermoso del mundo. Sin dudas, no lo es. No se ofendan mendocinos, Posadas es quizás menos linda ciudad aún. Sin embargo, tiene un algo y es que no pude evitar pensar en Posadas, por sus calles, por sus horarios; aunque no se parezcan en casi nada.

Si tuviera que recomendar un lugar para viajar, podría enumerar otros varios antes de esta ciudad. No es un lugar al que le pueda adjudicar un color, un aroma ni una música. Por ejemplo, si tuviera que hacer eso con Misiones diría rojo y verde, el aire huele distinto, la música del Chango. Sin embargo, tiene dos o tres lugares que valen la pena (conocí poco, debe de haber muchos más): la plaza Independencia que tiene un monumento precioso (me venía "Carito" de Gieco a la cabeza) y el Cerro de la Gloria. Y una cosa que habla super bien de sus habitantes: los perros callejeros son felices, la gente les da comida y amor (y la limpieza, sin dudas). Pocas cosas embellecen tanto a una ciudad como el cuidado que se tiene por lo propio. Y algo que me fascinó es esa presencia sanmartiniana por todos lados, para mí, que soy casi su fan, no es poco.

También, tiene esas cosas que la hacen única y, quizás, esas son las cosas más bellas de un lugar. Los semáforos que no se entienden y las acequias. Agradecí que mis viejos no hayan ido nunca a vivir a Mendoza porque, con los genes torpes que circulan en mi familia, hubiéramos terminado lisiados todos en forma muy temprana. Entendí, además, los tiempos que maneja mi médico y, ahora, trataré de enojarme menos con él (aunque me resulta imposible enojarme porque le tengo mucho cariño).

De Mendoza, quizás, me llevo algo mejor. Haber consolidado una amistad. No fue gracias a los motivos más agradables de universo, pero descubrí que, en ocasiones, reírse con amigos es lo único que sana heridas (y si no las sana, por lo menos, pasás un buen rato).

Si bien ir fue un sueño cumplido, creo que desde enero estaba con ganas de ir, no sé si repetiría. Preferiría ir a Córdoba en la próxima ocasión (alguien me habló hoy de Córdoba y no la puedo olvidar). Quizás, no es raro que durante mi estadía en Mendoza haya danzado por mi cabeza la canción "no es lo mismo Córdoba sin ti" a repetición.

No es el lugar más bello del mundo, sin dudas. Sin embargo, no pude evitar llorar al irme, como me sucede cada vez que me voy de un lugar. Eso, por un lado, sé que es deformación gallega del desarraigo, del no poder soltar los lugares, de sufrir con lo lugares que dejamos, de amar una tierra por sobre todas las demás y amarlas a todas por igual, de "Ir y quedarse y con quedar partirse"; pero, también, debe de ser la forma de volver a dejar la conciencia y el alma fuera, lejos de una ciudad que ignora qué son esas cosas, de una ciudad que no necesita lágrimas, abrazos, sueños, ni alma.

Hasta el próximo viaje, en el que necesite vestir mis sentimientos nuevos.

jueves, 14 de julio de 2016

Hay alguien que debe de estar aprendiendo nociones de república y de democracia (como de aumentos de tarifas, ya dijeron que están aprendiendo). Porque si de algo nos valió la independencia, que nuestros próceres pelearan por ella, es tener esto que tenemos hoy y poder elegir a alguien en octubre y, siete meses después de asumido, hacerle una protesta.

Hoy, sí creo que hay mucha gente con angustia y con miedo por no poder pagar los impuestos y pasar frío, por no poder llevar un plato de comida a la mesa, por no poder vestirse, etc. Sin embargo, querido presidente, esa gente con su angustia sale a la calle. Usted, querido presidente, estará lamentándose en este momento de que no le podamos decir "querido rey".

En este momento, sí puedo decir "Feliz bicentenario de la independencia".

miércoles, 25 de mayo de 2016

Bermellón

El día comenzó como siempre. Tomé el desayuno, yogur con frutillas. Mientras lavaba las cosas del desayuno, en la mesada de la cocina, apareció una vaquita de San Antonio. Era señal de que el día sería bueno. Antes de salir de casa, me pasé lápiz labial en la boca.

Una vez en la escuela, tuve mucho trabajo como siempre. Sin embargo, tuve tiempo de almorzar. No, carne no, porque soy vegetariana, sino pastas con tuco. Luego de almorzar, al lado de mi cartera apareció una manzana con un cartel: "Esta es la fruta de la pasión. ¿Sabés quién soy?". No. No sabía quién era. Pero miré a mi alrededor y alguien me miraba desde atrás de unos anteojos cortazarianos.

Fui a un aula a dar clases y, luego, volví a sala de profesores. Dejé un momento mis cosas en la mesa para ir al baño y, al volver, encontré una rosa con un cartel. "Yo de nuevo. Te llegará una rosa cada día. ¿Sabés quién soy?". Sin embargo, levanté la vista y estaba sola, no había nadie a mi alrededor... pero... pero en la otra mesa había un par de anteojos olvidado.

Cuando el día de trabajo se terminó, salí de la escuela para volver a mi casa. Al salir, un hombre que usaba anteojos cortazarianos me esperaba. Estiró las manos y, en ellas, estaba su corazón. Mientras hacía esto, sonaba una canción "te cambio tu corazón por el mío para mirarlo y mirarlo". Sorprendida, me llevé la mano al pecho y, al darme cuenta, en ella, estaba el mío latiendo. Miré al hombre, nuestras manos se entrelazaron y comenzamos nuestro camino.

martes, 10 de mayo de 2016

Adiós Galicia, adiós

Hace cuatro años, llovía. Me desperté a eso de las 6 porque tenía que rendir un parcial de Antropología. No bien abrí los ojos, me dije "se murió pá". A partir de ahí, pensé qué querría él que hiciera si que fuera a rendir o no. Y, por supuesto, fui a rendir como él hubiera querido. Eran las 9 y pico cuando salí no había noticias aún de nada, así que supuse que no habría sucedido nada. A eso de las 10, me llamó mi mamá porque quería preguntarme algo y me pidió que fuera a la casa. Ese fue su engaño para poder decírmelo cara a cara y no por teléfono. Había fallecido hacía poco rato. Yo ya lo sabía. Solo que a la hora que yo pensé que estaba muerto aún no lo estaba, quizás, no lo estaba del todo. Me gusta pensar que vino a visitarme, a darme el último adiós y por eso lo supe.

De las mejores cosas que me dejó fueron su cultura y su orgullo de ser gallego. Lamento que no me haya enseñado a hablar su lengua, aunque a lo mejor es que yo no la aprendí. Para él hablar gallego era un acto de militancia, en cierto sentido. Cada vez que se cruzaba en Buenos Aires o donde quiera con otro como él, nunca hablaba en castellano, aunque su interlocutor prefiriera responder en castellano. No cambiaba la lengua esperando que el otro lo hiciera. Una vez, uno siguió hablándole en castellano y me dijo a mí "este es un gallego de mierda que reniega de su lengua, de dónde vino que me habla en castellano". Era tan fundamentalista de su idioma que con los brasileros también hablaba en gallego, aunque, a decir verdad, no le entendían mucho. Una vez, él, que había ido poco a la escuela, pero un gran estudioso, me dio la mejor definición de lengua madre. Le había preguntado en qué legua soñaba, contaba y pensaba. Él me dijo "en gallego, en qué voy a hacerlo, si el gallego es la lengua con la que me dio de mamar mi madre". Le encantaba hablarme de la poesía de su tierra y me dijo que sus libros serían para mí cuando no estuviera.

Una vez estuve en Galicia. Era tan chica que no me acuerdo de nada. Sin embargo, siento que me crió en Galicia. A tal punto amaba su tierra y hablaba de ella que siempre pensé que no podría nunca irme a vivir a otro país porque ya sufrí mucho el desarraigo de él. A tal punto amaba a su tierra y hablaba de ella que el día que se murió lo primero pensé es que se había muerto Galicia.

miércoles, 4 de mayo de 2016

En 1999, pisé por primera vez Filo. Iba para abogada, pero un amigo me dijo que, como me gustaba escribir, tenía que seguir Letras. No lo pensé. Le hice caso.

Me espantó casi todo lo que vi. Pero terminé el CBC. Etapa superada. Al ingresar a la carrera, me espanté más. La burocracia, sobre todo. Las vueltas para conseguir cosas. Las fotocopias del CEFyL mal hechas. Cuando terminé, que me faltaba una firma en acta y a perseguir a la docente para que firmara.

Podría citar mil recuerdos en cada una de las partes de esa facultad. Soy tan mayor que tuve a Sileoni, nuestro ex ministro de educación, de profe. También, recuerdo estar en clase de Sociología al día siguiente del accidente de Lapa. El 11 de septiembre de 2001, luego del ataque a las torres, tuve clase pública (como ahora, ¿viste?) en Primera Junta bajo una garúa finita. En el mundial del 2002, tuve clases durante el partido Argentina-Inglaterra. Salía de clase de griego cuando me enteré de lo de Kosteki y Santillán, sin celular, solo pensaba en llegar rápido a casa para ver si mi hermano, el militante, estaba bien. Gracias a Filo, hoy, tengo una hermosa ahijada, porque ahí conocí a Noelia, con quien tenemos recuerdos muy fumones (¿te acordás del día que el viejo nos dijo si veniamos del Olimpo o algo así?).

Mi amor por el Quijote no me llegó por Filo, no. Me llegó por mi papá, pero Filo me llevó a construir una relación casi patológica con él (quijote, no con mi papá).

Cuando entré, decían que la cerraban o que se iba a arancelar. En 2001, recuerdo las mismas situaciones. Casi pierdo el segundo cuatrimestre por tantos paros. Lo peor fue ver compañeros que dejaban de ir a la facu porque no tenían un mango ni para el colectivo.

Tuve profesores excelentes y de los otros. Pero prefiero recordar a los excelentes. No quisiera olvidarme de ninguno y, quizás, con una lista peque de injusta. Pero voy a pecar. Arranco por la alegría que me da haber tenido de profe a un gran escritor argentino como Martín Kohan, tan buen profesor como escritor; Juan Diego Vila; Melchora Romanos; Gonzalo Aguilar, Mariano Rodríguez Otero, Lucas Margarit; Pablo Cavallero; Funes (un gran amor).

Amo ese lugar y amo la locura de esa gente. Gracias a los que nombré y a otros tantos hoy soy docente, tengo trabajo, me gano la vida con lo que ellos me enseñaron. Además de eso, me enseñaron lo más valioso que podían darme y que no me dio la escuela: me enseñaron a pensar.

No puedo menos que decir que quiero una UBA pública y gratuita, un boleto estudiantil para que todos puedan seguir yendo a estudiar (muchos hacen grandes esfuerzos como pasarse un dia entero en la facu sin comer para no gastar dinero que no tienen), y que a esos docentes, a esos grandes docentes, les paguen lo que corresponde, que los valoren como debe ser.