Ensonnacionesmarianas es un blog abierto a la reflexión propia y ajena sobre cualquier tema sobre el que deseemos pensar. El ensueño tiene que ver con la idea antigua del sueño como camino al conocimiento (por ejemplo, El primero sueño de Sor Juana).

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miércoles, 27 de julio de 2016

Mendoza - Ir y quedarse y con quedar partirse

Macunaíma al entrar en San Pablo deja su conciencia colgada en la Isla de Marapatá. Evidentemente, esas cosas que uno no necesita en las grandes ciudades. Ni eso ni el alma. Es por eso que al ir a lugares pequeños uno necesita recuperarlos.

Siempre sostuve que uno el ritmo interior y la temperatura interna las aprende de chico. No me importa que me digan que mi acento es de porteña o que soy porteña, sé lo que soy. Mi padre me enseñó a no olvidarlo. La memoria es un ejercicio constante, como el amor y la morriña gallega, incluso, ayuda a engrandecer lugares. Posadas me dio la vida, los juegos en la vereda, mi ritmo interior y mi temperatura.

Cuando viajo a lugares más pequeños, suelo recuperar estas dos últimas cosas. Llevo desde el domingo intentando entrar en la velocidad porteña, en sus horarios y en su ansiedad. En cambio, consigo andar muy despacio, sin prisas. La temperatura es algo que no pierdo nunca, la pasé mal con el frío mendocino como lo paso mal con el porteño. Uno se da cuenta de que tiene huesos. Eso para alguien que usó campera por primera vez a los 7 u 8 años es exceso.

Mendoza no es el lugar más hermoso del mundo. Sin dudas, no lo es. No se ofendan mendocinos, Posadas es quizás menos linda ciudad aún. Sin embargo, tiene un algo y es que no pude evitar pensar en Posadas, por sus calles, por sus horarios; aunque no se parezcan en casi nada.

Si tuviera que recomendar un lugar para viajar, podría enumerar otros varios antes de esta ciudad. No es un lugar al que le pueda adjudicar un color, un aroma ni una música. Por ejemplo, si tuviera que hacer eso con Misiones diría rojo y verde, el aire huele distinto, la música del Chango. Sin embargo, tiene dos o tres lugares que valen la pena (conocí poco, debe de haber muchos más): la plaza Independencia que tiene un monumento precioso (me venía "Carito" de Gieco a la cabeza) y el Cerro de la Gloria. Y una cosa que habla super bien de sus habitantes: los perros callejeros son felices, la gente les da comida y amor (y la limpieza, sin dudas). Pocas cosas embellecen tanto a una ciudad como el cuidado que se tiene por lo propio. Y algo que me fascinó es esa presencia sanmartiniana por todos lados, para mí, que soy casi su fan, no es poco.

También, tiene esas cosas que la hacen única y, quizás, esas son las cosas más bellas de un lugar. Los semáforos que no se entienden y las acequias. Agradecí que mis viejos no hayan ido nunca a vivir a Mendoza porque, con los genes torpes que circulan en mi familia, hubiéramos terminado lisiados todos en forma muy temprana. Entendí, además, los tiempos que maneja mi médico y, ahora, trataré de enojarme menos con él (aunque me resulta imposible enojarme porque le tengo mucho cariño).

De Mendoza, quizás, me llevo algo mejor. Haber consolidado una amistad. No fue gracias a los motivos más agradables de universo, pero descubrí que, en ocasiones, reírse con amigos es lo único que sana heridas (y si no las sana, por lo menos, pasás un buen rato).

Si bien ir fue un sueño cumplido, creo que desde enero estaba con ganas de ir, no sé si repetiría. Preferiría ir a Córdoba en la próxima ocasión (alguien me habló hoy de Córdoba y no la puedo olvidar). Quizás, no es raro que durante mi estadía en Mendoza haya danzado por mi cabeza la canción "no es lo mismo Córdoba sin ti" a repetición.

No es el lugar más bello del mundo, sin dudas. Sin embargo, no pude evitar llorar al irme, como me sucede cada vez que me voy de un lugar. Eso, por un lado, sé que es deformación gallega del desarraigo, del no poder soltar los lugares, de sufrir con lo lugares que dejamos, de amar una tierra por sobre todas las demás y amarlas a todas por igual, de "Ir y quedarse y con quedar partirse"; pero, también, debe de ser la forma de volver a dejar la conciencia y el alma fuera, lejos de una ciudad que ignora qué son esas cosas, de una ciudad que no necesita lágrimas, abrazos, sueños, ni alma.

Hasta el próximo viaje, en el que necesite vestir mis sentimientos nuevos.

lunes, 29 de julio de 2013

Mi casa, mi pueblo, la soledad

Cuando uno viaja, tiene la posibilidad de encontrarse con lo más interno de uno y de conocerse.

En mi estadía en Rosario, conseguí el cd de Carlos Nuñez Alborada do Brasil y comprendí, finalmente, por qué mi papá tenía cierto romance con Brasil y por qué yo también. Carlos Nuñez explica que ese país es un poco como el paraíso al otro lado del mar para los gallegos, ya que, entre otras cosas, comparten una lengua muy similar. En sus propias palabras "Brasil siempre ha sido para los gallegos una patria secreta donde desaparecer (...) En Brasil vive nuestro pasado y quién sabe si nuestro futuro... Allí está sin duda, el paraíso que los celtas buscaban tras el sol poniente y que algunos encontraron...". Creo que con eso tiene que ver la insistencia de mi papá en que me fuera a vivir a ese país, sin importar el lugar.

De algún modo, creo que nuestra historia no comienza con nuestro nacimiento, sino siglos y siglos atrás, que tenemos una conexión con nuestros antepasados y que, de un modo u otro, no podemos evitar continuar viajes y destinos trazados.

En cierta forma, mi viaje me hizo entender eso que dice Sánchez Drago de que los nómades tienen una casa y que esa casa es el viaje. Sigo completando una travesía iniciada por otros. Eso explica, por ejemplo, que desde hace 22 años me sienta turista en Buenos Aires y tenga la rara sensación de que un gigante me devora cuando entro a la ciudad, y que todo se acelera como en la música del Chango Spasiuk. Eso explica, también, que al entrar esta última vez (siempre habrá un próximo viaje) haya pensado que tener mascotas es el modo que tengo de obligarme a volver a esta estación y no quedarme por el mundo dando vueltas, es el modo de hacerme creer que soy Dorothy de regreso.

Sin embargo, uno solo puede regresar al origen y yo no sabría cuál de todos es. Si los pies descalzos en Posadas, tierra con la que tengo la cuenta pendiente de aprender guaraní porque, según mi padre, tenía que saber la lengua de mi tierra (los gallegos y su madre, los gallegos y su tierra); si la muralla de Lugo, si Selorio, si Buenos Aires... Nunca sabré cuál fue el comienzo de la travesía ni cuál será el próximo destino.

Y, entre todas estas orillas, me di cuenta de que hay una que no pertenece a mi trayecto original, sino al prestado, que se me anuda en la garganta y que me hace llorar cada vez que encuentro a alguien que nació o vivió allí, Durango.


martes, 24 de julio de 2012

24 de julio - Joaquim Egidio

Hoy, luego de un paseo por Campinas, fuimos al distrito Joaquim Egidio, cuya particularidad es ser del siglo XIX y tener más gallos que niños.
















domingo, 22 de julio de 2012

22 de julio - São Paulo

El 22, salimos con Dulcinea, su prima y el marido de esta en dirección a São Paulo. La idea era ir a escuchar la misa con canto gregoriano en el Monasterio de San Benito, pero llegamos y estaba todo lleno. Luego, fuimos al Mercadão y comimos unas ricas comidas.

Más tarde, fuimos al Museu do Ipiranga, edificio construido especialmente para ser museo. Su jardín fue inspirado en los del palacio de Versalles y es realmente muy lindo. En cuanto a la muestra, puedo decir que me impactaron mucho unas fotos de unos esclavos, cuyas miradas eran mucho más que de tristeza. Los carteles decían en todas ellas que eran "anónimos", sin embargo, serían anónimos para quien las colocó, pero sin duda tenían algún nombre. Al lado de las fotos, había elementos que fueron utilizados para mantenerlos apresados o para torturarlos.






















sábado, 21 de julio de 2012

21 de julio - Mogi Guaçú

El sábado, salimos con Dulcinea y Rosângela para Mogi Guaçú, una ciudad chiquita y encantadora. Como siempre que nos subimos al auto de Rosângela, terminamos comiendo en un lugar en que ni siquiera daba señal el celular.

Luego, fuimos a recorrer la ciudad, vimos los dos puentes, escuchamos el sonido del río, vimos la iglesia y la plaza y, más tarde, volvimos para Campinas.

Previa escala en la casa de Rosângela, fuimos al show de Alceu Valença en el Sesc de Campinas. La verdad, no conocía a este señor, pero lo maravilloso de ir a los lugares es ir conociendo parte de su cultura. Quedé maravillada, recomiendo que lo escuchen.