Ensonnacionesmarianas es un blog abierto a la reflexión propia y ajena sobre cualquier tema sobre el que deseemos pensar. El ensueño tiene que ver con la idea antigua del sueño como camino al conocimiento (por ejemplo, El primero sueño de Sor Juana).

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jueves, 10 de agosto de 2023

Distinto de aquel, pero casi igual

El año pasado, a partir de algo que conversé con alguien en twitter (¿uno de los vascos? es posible), volví a escuchar a Calamaro. Recuerdo que, un día, salí a una disquería de Corrientes (ya no quedan muchas) para ver qué encontraba de él. Compré Bohemio y Honestidad brutal. Los pagué en cuotas con tarjeta de crédito.

A principio de este año, me encontré que él había hecho una participación con Los Auténticos Decadentes. Hicieron una hermosa versión de "Costumbres argentinas". Lo que más me fascinó fue que el video está realizado en mi barrio, en la confitería El Molino. Y viajé. Viajé a mis 17 años. De pronto, me vi con el pantalón de educación física, las topper celestes, una cartera tejida (por mí) y mi walkman. Iba caminando al cole por Callao en dirección a Corrientes, oyendo Mi vida loca o Cualquiera puede cantar, que eran casettes que tenía copiados de CDs de mi hermano. A veces, de camino al cole, me encontraba con Valeria. Por las tardes, entre otras cosas, oiría a Calamaro, en CDs que compraba con lo que obtenía tejiendo escarpines. Ese video en ese lugar, no fue hecho por el guionista de la vida de ellos, sino por el guionista de la mía. Sin dudas.

Al poco tiempo de eso, supe que iban a estar los Decandentes en una presentación, así que sacamos entradas Noelia, Claudia y yo. Sábado 5 de agosto, emprendí mi camino en dirección a la B por Callao hasta Corrientes, pasando por la esquina de El Molino, oyendo a los Decadentes como otrora. Quinta vez que veía a los Decadentes. Primera, que veía a Calamaro. Y viajé. Mucho. A mis 17 años. De nuevo.

Pero no retorné en seguida. El lunes 7, salí de mi casa, acompañada de la plena insatisfacción que me acompaña últimamente, en dirección a la escuela. Esta vez, al trabajo. Es posible que estuviera escuchando el programa de Sietecase o algo de Paralamas. No recuerdo bien. Cuando ella y yo doblamos por Rivadavia en dirección a Rincón, un señor empezó a hacerme señas cruzando los brazos. Decía "Mariana, Mariana". Y yo pensaba "¿de dónde sabe esta persona mi nombre?", mientras iba tratando de encontrar algo en sus rasgos que me permitiera saber quién era. De pronto, lo vi. Al unísono, dijimos "Carlos Gauna". Y así, en ese señor, se materializó mi compañero de banco del colegio. En modo breve, me actualizó de su vida, me presentó tres recuerdos (uno de ellos sobre mi memoria insondable), me mandó saludos para mi hermana, y dijo:

— ¿Hace cuánto que no nos vemos?

— Hace como 24 años.

— Hace treinta kilos — dijo riendo.

Y era él. Claramente, era él.

Nos despedimos con la promesa del encuentro. No bien arranqué mi camino, me vino a la cabeza la voz de Calamaro "distinto de aquel, pero casi igual". Ese era él. Y seguí viajando. Con esa canción, entramos a la fiesta de egresados que hicimos en el año 98 en Retro (Flores). Seguramente, porque fui insoportable pidiendo poner eso. Acto seguido, desperté del ensueño, tomé el celular y le pregunté a Valeria si sabía con quién me había encontrado. Riendo, me dijo "con Calamaro". No. La orienté. Bingo. Con Carlos. Le propuse juntarnos los tres. Pasamos la tarde chateando en grupo por whatsapp, y acordamos encuentro. Me quedé con la sensación de que hay gente de la que nos alejamos sin saber por qué y que, muchas veces, mantenemos vínculos que no deseamos. Fui feliz. Por un momento.

El miércoles 9 de agosto, yo seguía de viaje. Combinamos de encontrarnos en Callao y Corrientes para hacer honor a la esquina que supo alojarnos (aunque dudo contenernos). Hoy ya no está. Hay un edificio enorme con un Mostaza debajo. Decidimos, entonces, ir a La Ópera. Como Valeria y yo llegamos primeras, entramos. Se acercó el mozo:

— Señoras...

— Me ofende — dijo ella riéndose.

Y yo me reí por primera vez en la tarde. Empezamos a comer hasta que llegó él. Se sentó a mi lado, igual que en el cole. Nos contaba de su vida, de su encuentro con el Papa. Hasta que viajó. La miró a Valeria:

— No sé por qué esta (por mí) me celebraba todo, como con lo de Tuchi.

Y empecé a reírme como alienada.

— ¿Ves que es una estúpida?

Seguimos hablando. Recordó que mi mamá le hacía un sánguche los días de educación física. Recordé cómo se copiaba. En cierto momento, le dijo a Valeria que le iba a hacer un truco de magia. Me pidió (al oído) que no revelara el truco "porque sos muy terrenal". Miré la situación absorta porque Valeria eligió creer, mientras yo no podía entender cómo no había visto volar el papel sobre su cabeza. Y éramos los mismos tres. Porque, con la gente, uno tiene sus versiones. Con Valeria, soy una que no soy con otros amigos. Tenía una profe de euskera que decía que "juntos", "elkarrekin", era estar con "elkar". Y creo, en este divague, que con cada persona nuestro elkar es diferente. Ciertamente, el que tengo con ella es diferente al que tengo con ella y con Carlos. Nuestro elkar se había hecho presente 25 años después.

Me fui con una hermosa sensación. Hacía mucho que no me reía con la panza, de quedarme sin aire. La última vez, fue jugando con Selene, Noelia y Diego. Pero no es algo que me pase seguido. Al volver caminando con Carlos, me dijo que sentía que le había faltado cerrar un ciclo, y que lo estaba cerrando. Le comenté que me parecía que el final que tuvo nuestro quinto año, sin un cierre amoroso, nos había dejado algo trunco. También, sentí que la rueda de la fortuna estaba girando, cerrando un ciclo y empezando otro ("Muerdo el anzuelo, y vuelvo a empezar de nuevo").

Estando en casa, me di cuenta de algunas cosas. La primera es que bajo el vidrio del recuerdo, muchas veces, vemos el pasado hermoso. Mi adolescencia no lo fue. Elijo recordar lo bello. Lo segundo que descubrí es que, en esa etapa, me salvaron mis amigos, la música y mis animales (la Cuqui y el Pucho). La tercera es que hay que rodearse con los Cristian Castro de la vida (le piden una participación y se copa, hacen una torta con su cara y agradece con lágrimas, mueve las caderas, sale en culo, es feliz y da felicidad) porque, de los otros, de las personas que aparecen ofreciendo sus recuerdos, su vida, su palabras, sus risas y huyen de la nada el mundo está repleto. Y no son necesarios. A partir de una cierta edad, hay que elegir reír, siempre, aunque estés en el piso y la vida te haya cagado a patadas. Reír. Con alguien. Y el resto que pase de largo.

Pero no puede ser ese el fin de este texto. Fue Carlos quien me dijo que estudiara Letras, camino que me llevó a un montón de situaciones bellas de la vida. Si no le hubiera hecho caso, el 5 de agosto no hubiera ido a ese recital con Noelia y con Claudia. Selene no sería mi ahijada. Cuando nos despedimos, me dijo que siguiera escribiendo. Acá, está tu pedido. Y que siga girando.

Como dice Vinícius de Moraes, a vida é a arte do encontro, embora haja tanto desencontro pela vida. Seamos artistas, entonces. 

viernes, 15 de diciembre de 2017

Diciembre 2017

Cada vez que hay una marcha o corte importante, aprovecho el paseo con el perro para analizar cómo viene la mano.

En asunciones presidenciales e incluso en apertura de legislativas, siempre intenté pasar el corte del Congreso para ir a pasear con el perro. En ocasiones me dejaron, en otras no. Pero siempre el personal de la policía, quizás porque notaban que era vecina del barrio, me repondió con la mayor cortesía o bien dejándome pasar o explicándome por dónde ir a la plaza.

En las legislativas de este año, dos cosas me prendieron la alarma. Una ver camiones del Ejército. La otra es que los cortes arrancaban desde Sarandí. A eso, agregarle que se paseaban por el barrio en motos en clara demostración de fuerza.

Ayer, quise hacer lo mismo. El gendarme me habló en un tono de mierda cuando pasé la valla. Apelé a la gendarme porque el personal femenino siempre se enternece más con perros. Su respuesta fue super educada, pero lo que más me encendió la alarma es que ella respondía con miedo. Porque sí, porque hay gente que entra a la gendarmería por una casa y un laburo asegurado y se encuentran, un día, a los tiros en plena ciudad. Eso me dio la idea de que no tenía que salir de casa.

Alrededor de las cinco, aunque seguían corriendo gente para el lado que va a 9 de julio, saqué al perro. No solo se escuchaban los helicópteros, sino que, además, se sentían entre nosotros presencias que no eran del barrio. Tuve la sensación de gente de civil dando vueltas.

A la noche, no fui a cenar con unas amigas para llegar temprano a casa porque supe de detenciones arbitrarias (si es que alguna no lo fue) en la zona del anexo. Quise llegar rápido y guardarme. Sí, como si mi barrio estuviera sitiado. Cuando supe que la gente del anexo fue amenazada por gendarmes al verlos sacar fotos de lo que estaba pasando, entendí que el tipo que me chistó desde adentro del anexo el miércoles, cuando me puse a sacar fotos, me quería decir que me cuidara, que no fuera boluda, que no sacara fotos.

En la vida, pensé que esto iba a pasar. Y me dirán, pasó el 2001 y lo viste de cerca. Juro que no había tanto personal de las fuerzas en la calle. Nunca vi esos chalecos, ni esas armas. Nunca vi a tantos. Nunca.

Y todavía hay periodistas que desvían la mirada y que se atreven a echarles la culpa a los diputados que reclamaban por la represión que se daba afuera.

viernes, 20 de octubre de 2017







La pregunta sobre tu paradero ya fue respondida. Nadie más podrá decir que te vio en tal o en cual lado.

Sin embargo, quedan algunas otras preguntas a ser respondidas.

¿Qué te pasó?
¿Quién fue?
¿Cómo lo hicieron?
¿Dónde sucedió?

Espero que nos puedan responder pronto qué mierda te hicieron, chiquito.

Me intriga saber si otra pregunta que me viene será respondida. ¿Se hará justicia? Estela dice que sí, que siempre ella tiene esperanza. Por el momento, voy a tratar de creerle a ella.

viernes, 9 de junio de 2017

Decía Vinícius de Moraes "A vida é a arte do encontro, embora haja tanto desencontro pela vida"

Tengo dos habilidades raras, pero que me gustan. Una es la de soñar embarazos, anunciárselos a la personas con las que sueño y que, meses después, me digan que quedaron embarazadas o que van a ser papás.

La otra es la de encontrarme con gente que conoce gente que conozco de otros ámbitos o de otra época. La última y más extraña que me pasó, fue a fines de 2015 o de 2016. Me dio la curiosidad de encontrar en face a los hijos de mis padrinos. Tuve suerte, la encontré a ella. Me puse a ver entre sus contactos si estaba mi madrina, para poder ver cómo es ahora, ya que la última vez que la había visto había sido como en otra vida. Y, oh, sorpresa, entre los contactos de la hija de mis padrinos, encontré a una compañera del cole. Lógico, lo primero que hice fue escribirle y preguntarle.

Y me contó que, de adolescente, había sido amiga de la prima. Y me hablaba de mi madrina, de lo buena onda que era con ellos, del departamento de ella, del recuerdo de esa casa hermosa en Lanús, de lo buena onda de Analía, de mi padrino...

Pero esas habilidades que me gustan, encontrar gente, anunciar embarazos (encontrar vida), se ve compensada por una que no me causa gracia. Dos veces, pude presentir la muerte de alguien con algunos meses de anticipación. La primera, fue a fines de 2011, mi papá me miraba desde la puerta de su departamento mientras yo esperaba el ascensor para irme. Lo miré y supe que se iba a morir. Me fui llorando hasta mi casa, se lo dije llorando a mi mamá. Cinco o seis meses después, lo internaron, salió, lo volvieron a internar. Un día, desperté y me dije "murió". Como tenía que ir a rendir un examen, pensé qué hubiera querido él, así que fui y lo rendí. Volví a casa, pasó una hora, me llamó mi mamá. Había muerto. Curioso, murió una o dos horas después de haberme levantado con la certeza de que estaba muerto. Me gusta creer que me vino a visitar antes. No terminaría más si contara las de veces que sé que vino después.

La segunda, fue con mi padrino. Creo que fue el único amigo real que tuvo mi papá. Hacía mucho tiempo que no lo veía, creo que la última vez habrá sido en 2008 o 2009. Obvio, estaba con mi papá. Mi papá le hablaba de los muertos recientes que tenían en común, se enojaba si Raúl no los recordaba o no recordaba algún dato recóndito que solo podía acordarse él. A fines de 2015 o principios de 2016, sentí que había fallecido y empecé a romperle las bolas a mi madre para que llamara y averiguara algo. Se resistía, creo que por el miedo de que tuviera razón una vez más. Pero seguí rompiéndole las bolas hasta que lo hizo. No sé si en junio del año pasado o por ahí. Se alivió. Estaba vivo, internado, pero vivo. Seguí rompiéndole las bolas. Obvio, para ir a verlo antes de que falleciera. Me dijo que me sacara esas ideas de la cabeza.

Este último 31 de mayo, cuando apagué la luz para dormirme, me empecé a acordar de él. Lo raro es que de su mano vino mi papá y comencé a recordarlos juntos, qué cosas tenían parecidas, cuáles no. Y, sin darme cuenta, les dije a ambos lo que siempre le digo a mi papá "saludos, donde quiera que estén, sepan que los quiero". Al día siguiente, que habría sido su cumpleaños, vi un post en face en que celebraban su cumpleaños. Vi comentarios que me alertaron, le pregunté a la hija y, efectivamente, había fallecido en septiembre del año pasado. Sin saberlo, la noche anterior, lo había saludado con la absoluta certeza de que ya no estaba.

Una de las primeras personas a las que se lo dije fue a mi compañera del cole. Supongo que, como yo no podía parar de llorar, necesitaba compartirlo con alguien que supiera de quién hablaba (más allá de mi mamá y de mi hermana). Busqué fotos de él, que tengo en mi escritorio. Las llevé al cole, se las mostré a Egle.

Esta tarde la vi, me preguntó si tenía noticias. Y sé que esa pregunta sirve para que hablemos de gente en común que pobló nuestros pasados, gente que pasó por nuestras vidas en buena manera y no en vano.

Lamentablemente, mi relación con Raúl y con mi papá era como la del padre de la publicidad que le enseñaba la teoría de la relatividad al hijo con una mirada. Como le dijo hace poco un vasco a mi amiga Inés, "ella es de campo, si te recibe en su casa, es una demostración de cariño, no esperes más".

Como escribió Galeano una semana después de haber desaparecido su amigo Haroldo (Conti), "yo ya no tengo cómo decirle(s) que lo(s) quiero y que nunca se lo dije por la pereza o la vergüenza que me daba".

sábado, 30 de julio de 2016

Arde Buenos Aires

Tristeza infinita. Por varias cosas, especialmente, por mí. Sin embargo, no puedo dejar de ver lo que sucede alrededor, aunque esta semana más que nunca quisiera poder abstraerme y solo hacer comunión con mi alma.

Estando en Mendoza, elogié la limpieza. Es algo que hago frecuentemente cuando voy a otros lugares porque, evidentemente, la ciudad en la que vivo (¿mi ciudad? ¿Buenos Aires llegará algún día a ser mi ciudad? ¿algún día dejaré de sentir que estoy de paso?) no lo es. Debo confesar que me miraron un poco raro porque, en algún lugar, había un vasito en el piso (¡un vasito!).

Cuando yo era chica, pensaba que Posadas vivía sucia. Era una sensación, Posadas no era sucia era natural. Recuerdo que era imposible limpiar los muebles porque se llenaba todo muy rápido de tierra y, en la calle, sucedía lo mismo. La tierra roja está presente, la naturaleza no se deja dominar del todo. Sin embargo, era una ciudad limpia.

Las ciudades hablan de sus habitantes. A veces, me avergüenza que Buenos Aires hable de mí. Con solo sacar a pasear a Galán, lo que veo todas las mañanas son veredas rotas, mugre y más mugre y más mugre, deposiciones de perros cuyos dueños no levantan, pis de perro marcando las paredes o lo que venga (porque los dueños los dejan), pis de humanos (trasnochados y no), botellas rotas (a veces, hay que sortearlas para que el perro no se corte), basura desparramada, cosas flotando en el agua de la fuente, y podría seguir.

No es tanto la mugre lo que me inquieta, sino que, así como somos abandonados con el mobiliario, lo somos con la gente que habita en ella. Cada vez, hay más gente viviendo en la calle, gente que depende de la buena voluntad de otros para comer. Podría enumerar a gente a la que observo constantemente y lo hago porque, si un día no están en su lugar habitual, no voy a pensar que están mejor sino que les pasó algo. Y es muy triste escuchar cosas como "ojalá que enrejen la plaza porque se te instalan", "de noche no saco a pasear al perro porque los que están ahí te roban" y, como fue desde siempre, el pobre es el delincuente (basta leer el Lazarillo de Tormes). Porque se olvidan de que son seres humanos que sienten, piensan, sufren, aman, lloran, ríen, comen igual que el resto.

Y duele. Buenos Aires es una ciudad que duele cada vez más. Así como las casas son el reflejo de nuestro interior (el mío, claramente, como dice la compañera Belén es barroco, pero no soy tan enquilombada como mi casa), las ciudades lo son de nosotros. ¿Podría alguien que vive en el medio de la mierda y el abandono tener buena energía para relacionarse con los demás? Entonces, ahí, tenemos la explicación de los bocinazos, las respuestas de mierda, la gente de mierda la violencia, este arde Buenos Aires...

¿Qué te hemos hecho Buenos Aires para que tus aires se transformen? ¿Cuándo te robamos el alma?

Como ya dije, debe de ser eso que decía Macunaíma, para entrar a las grandes ciudades hay que dejar la conciencia en la Ilha de Marapatá. No sé si es posible seguir persiguiendo acá la muiraquitã.

jueves, 14 de julio de 2016

Hay alguien que debe de estar aprendiendo nociones de república y de democracia (como de aumentos de tarifas, ya dijeron que están aprendiendo). Porque si de algo nos valió la independencia, que nuestros próceres pelearan por ella, es tener esto que tenemos hoy y poder elegir a alguien en octubre y, siete meses después de asumido, hacerle una protesta.

Hoy, sí creo que hay mucha gente con angustia y con miedo por no poder pagar los impuestos y pasar frío, por no poder llevar un plato de comida a la mesa, por no poder vestirse, etc. Sin embargo, querido presidente, esa gente con su angustia sale a la calle. Usted, querido presidente, estará lamentándose en este momento de que no le podamos decir "querido rey".

En este momento, sí puedo decir "Feliz bicentenario de la independencia".

martes, 10 de mayo de 2016

Adiós Galicia, adiós

Hace cuatro años, llovía. Me desperté a eso de las 6 porque tenía que rendir un parcial de Antropología. No bien abrí los ojos, me dije "se murió pá". A partir de ahí, pensé qué querría él que hiciera si que fuera a rendir o no. Y, por supuesto, fui a rendir como él hubiera querido. Eran las 9 y pico cuando salí no había noticias aún de nada, así que supuse que no habría sucedido nada. A eso de las 10, me llamó mi mamá porque quería preguntarme algo y me pidió que fuera a la casa. Ese fue su engaño para poder decírmelo cara a cara y no por teléfono. Había fallecido hacía poco rato. Yo ya lo sabía. Solo que a la hora que yo pensé que estaba muerto aún no lo estaba, quizás, no lo estaba del todo. Me gusta pensar que vino a visitarme, a darme el último adiós y por eso lo supe.

De las mejores cosas que me dejó fueron su cultura y su orgullo de ser gallego. Lamento que no me haya enseñado a hablar su lengua, aunque a lo mejor es que yo no la aprendí. Para él hablar gallego era un acto de militancia, en cierto sentido. Cada vez que se cruzaba en Buenos Aires o donde quiera con otro como él, nunca hablaba en castellano, aunque su interlocutor prefiriera responder en castellano. No cambiaba la lengua esperando que el otro lo hiciera. Una vez, uno siguió hablándole en castellano y me dijo a mí "este es un gallego de mierda que reniega de su lengua, de dónde vino que me habla en castellano". Era tan fundamentalista de su idioma que con los brasileros también hablaba en gallego, aunque, a decir verdad, no le entendían mucho. Una vez, él, que había ido poco a la escuela, pero un gran estudioso, me dio la mejor definición de lengua madre. Le había preguntado en qué legua soñaba, contaba y pensaba. Él me dijo "en gallego, en qué voy a hacerlo, si el gallego es la lengua con la que me dio de mamar mi madre". Le encantaba hablarme de la poesía de su tierra y me dijo que sus libros serían para mí cuando no estuviera.

Una vez estuve en Galicia. Era tan chica que no me acuerdo de nada. Sin embargo, siento que me crió en Galicia. A tal punto amaba su tierra y hablaba de ella que siempre pensé que no podría nunca irme a vivir a otro país porque ya sufrí mucho el desarraigo de él. A tal punto amaba a su tierra y hablaba de ella que el día que se murió lo primero pensé es que se había muerto Galicia.

miércoles, 4 de mayo de 2016

En 1999, pisé por primera vez Filo. Iba para abogada, pero un amigo me dijo que, como me gustaba escribir, tenía que seguir Letras. No lo pensé. Le hice caso.

Me espantó casi todo lo que vi. Pero terminé el CBC. Etapa superada. Al ingresar a la carrera, me espanté más. La burocracia, sobre todo. Las vueltas para conseguir cosas. Las fotocopias del CEFyL mal hechas. Cuando terminé, que me faltaba una firma en acta y a perseguir a la docente para que firmara.

Podría citar mil recuerdos en cada una de las partes de esa facultad. Soy tan mayor que tuve a Sileoni, nuestro ex ministro de educación, de profe. También, recuerdo estar en clase de Sociología al día siguiente del accidente de Lapa. El 11 de septiembre de 2001, luego del ataque a las torres, tuve clase pública (como ahora, ¿viste?) en Primera Junta bajo una garúa finita. En el mundial del 2002, tuve clases durante el partido Argentina-Inglaterra. Salía de clase de griego cuando me enteré de lo de Kosteki y Santillán, sin celular, solo pensaba en llegar rápido a casa para ver si mi hermano, el militante, estaba bien. Gracias a Filo, hoy, tengo una hermosa ahijada, porque ahí conocí a Noelia, con quien tenemos recuerdos muy fumones (¿te acordás del día que el viejo nos dijo si veniamos del Olimpo o algo así?).

Mi amor por el Quijote no me llegó por Filo, no. Me llegó por mi papá, pero Filo me llevó a construir una relación casi patológica con él (quijote, no con mi papá).

Cuando entré, decían que la cerraban o que se iba a arancelar. En 2001, recuerdo las mismas situaciones. Casi pierdo el segundo cuatrimestre por tantos paros. Lo peor fue ver compañeros que dejaban de ir a la facu porque no tenían un mango ni para el colectivo.

Tuve profesores excelentes y de los otros. Pero prefiero recordar a los excelentes. No quisiera olvidarme de ninguno y, quizás, con una lista peque de injusta. Pero voy a pecar. Arranco por la alegría que me da haber tenido de profe a un gran escritor argentino como Martín Kohan, tan buen profesor como escritor; Juan Diego Vila; Melchora Romanos; Gonzalo Aguilar, Mariano Rodríguez Otero, Lucas Margarit; Pablo Cavallero; Funes (un gran amor).

Amo ese lugar y amo la locura de esa gente. Gracias a los que nombré y a otros tantos hoy soy docente, tengo trabajo, me gano la vida con lo que ellos me enseñaron. Además de eso, me enseñaron lo más valioso que podían darme y que no me dio la escuela: me enseñaron a pensar.

No puedo menos que decir que quiero una UBA pública y gratuita, un boleto estudiantil para que todos puedan seguir yendo a estudiar (muchos hacen grandes esfuerzos como pasarse un dia entero en la facu sin comer para no gastar dinero que no tienen), y que a esos docentes, a esos grandes docentes, les paguen lo que corresponde, que los valoren como debe ser.

jueves, 24 de marzo de 2016

Resurrecciones

Por una cuestión cultural y familiar, soy católica. No es lo mismo que decir que soy creyente. No. Me criaron en los preceptos de la fe y considero que muchos de ellos son mal enseñados, que pierden lo importante de su significado esencial.

Para mi madre, el Viernes Santo siempre fue un día muy especial. Recuerdo verla llorar y necesitar su soledad. Para mí, esa importancia de reflexión y de comunión con el dolor, con el paso del tiempo, se trasladó a otra fecha, al 24 de marzo, mi Pascua.

Casualmente, es una fecha que suele caer cercana a las pascuas de resurrección. Y creo que de eso se trata. Uno de los aspectos mal enseñados de la religión, según mi entender, es la idea de resurrección como el volver a ver en vida. Está más que claro que la resurrección es el renacer de Cristo en quienes creen. ¿Qué quiere decir esto? Es el renacer de las buenas acciones, de poder dividir el pan y los peces que, más allá de la milagrería barata que nos venden, es el aprender a compartir lo poco o lo mucho que uno tiene con el que más necesita. Es el renacer de sus desafíos a los mercaderes y a la autoridad.

En ese sentido, creo que las marchas y recordatorios que se hacen en mi país para el 24 de marzo es nuestro vía crucis, nuestro volver a vivir, nuestro llamado a que los detenidos-desaparecidos renazcan en nosotros: su lucha por un mundo mejor, su dar al que menos tiene lo poco o lo mucho que se tenga, la necesidad de cambiar el país  y de volverlo mejor.

Creo que hoy, 40 años después, con los tiempos que se avecinan (no sólo en mi país), es necesario levantar sus banderas, aprender sus historias, difundirlas, y pelear porque esa consigna de Memoria, Verdad y Justicia no se vea reducida a solo dos palabras importantes como Verdad y Justicia, según las palabras del actual presidente (quien al remarcar la importancia, excluyó la palabra "memoria"). Porque reducir la consigna es dar lugar a que la teoría de los dos demonios resurja a nivel estatal. Y porque reducir la cosigna es perder eso, la Memoria.

Esta mañana, me levanté negada a pensar en todo esto porque sentí el mismo clima de hace 20 años. Es decir, sentí un retroceso en nuestra historia, un retroceso que no nos podemos permitir. Lo único bueno de esa sensación fue que recordé a mi hermana bajando de mi casa para ir a la marcha, creo que la primera a la que iba. Ella, quien me enseñó varias de las cosas más importantes de mi vida (sumar, restar, el alfabeto, atarme los cordones, mis primeras palabras en inglées), fue la que me empezó a enseñar sobre este hecho histórico y su importancia. De sus manos, me llegaron Recuerdo de la muerte (Miguel Bonasso) y La noche de los lápices. En su compañía, vi varias pelis sobre el tema, además de que la vi batallar junto a su compañera y amiga Florencia para que nos las echaran del colegio en el año 95 por haber colgado un hermoso cartel del Nunca más, que las cuadradas mentalidades del cole decían que habían colocado en modo estratégico para que todos los alumnos lo viéramos.

Hoy, después de mucho tiempo, quiso volver a la marcha (por razones personales que ella y yo sabemos). Hoy, después de mucho tiempo, pude decirle que reconozco en la persona que es ahora a la hermana con la que crecí.

Ni olvido ni perdón. Ni un paso atrás.

30000 detenidos-desaparecidos, presentes, ahora y siempre.

domingo, 17 de enero de 2016

No todas las avejas mueren cuando clavan su aguijón

Todos sabemos que las abejas clavan el aguijón como método de defensa y que mueren si no lo pueden retirar (se les desgarra el abdomen). Una defensa medio chota si se quiere.

Eso me hizo pensar que varios votantes macristas son como la abeja: clavaron el aguijón como defensa (su voto) y, luego, al no tener la fuerza suficiente para sacarlo se van a morir, metafóricamente hablando, es decir, van a caer del lugar en el que están.

No les va a pasar a todos sus votantes porque algunos tienen más resitencia, es como si le hubieran clavado el aguijón a alguien con la piel más fina que la de un humano y podrán seguir clavando el aguijón varias veces. O, tal vez, sean abejas reinas, que jamás mueren.

El tema con todo esto es que muchos que no somos abejas corremos el mismo riego que los que sí lo son.

En fin, los aguijones duelen como la reputa madre que lo parió.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Supongo que el amor es eso, esta tristeza profunda que siento.

No fui de los pocos que votaron a Néstor ni de los muchos que luego lo legitimaron.

No fui de los que apoyaron votándola a Cristina.

Soy de los que, luego de mucho ver, se enamoraron por miles de cosas, no creo que haga falta enumerarlas. Y la voté la segunda vez.

Soy de los que lloraron con la muerte de Néstor porque sentía que me quedaba un poco huérfana y, desde ese día, el calco del Censo está en mi puerta porque había gente que convocaba a no ser censado. Sí, un acto de resistencia pelotudo, pero todo el que baje en mi piso ve el calco del censo.

Solo me queda decir miles de gracias y que supongo que esta tristeza es amor, el más profundo agradecimiento a quienes me enseñaron a sentir el peronismo como algo propio.

Espero, como le dije esta mañana a mi perro (de ocho años), que él consiga hacerme el aguante hasta que vuelva Cristina.

domingo, 20 de septiembre de 2015

"Les doy una limosna a Martín Fierro y al Quijote / que están cansados de luchar pidiendo en Plaza Once..."

El panorama de la Plaza del Congreso es desolador. La semana pasada, llamé al 108 debido a la cantidad de gente que se encuentra viviendo allí y en los alrededores. Me dijeron que ya les estaban haciendo un seguimiento.

Invito a que vayan a ver las condiciones de higiene en la que viven. Lamentablemente, mucha gente que vive en la calle termina convirtiéndose en paisaje. Hace ya varios años, en el ombú, vive una familia con sus dos perros y un gatito por lo que vi hoy. En la glorieta, hay otra familia con menores. En total, hay entre 10 y 15 personas, si no contamos a los que están hacia adentro del barrio.

Quisiera saber qué medidas toma el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires cuando uno llama al 108. Es inhumano que esa gente así. Y si los adultos al gobierno no le preocupa, deberían preocuparle los menores a quienes debería garantizar vivienda, alimento, educación y salud.

lunes, 13 de abril de 2015

Hasta siempre don Eduardo

Se me agolpan las lágrimas en la garganta, se mezclan con las palabras y no salen ni unas ni otras.

La primera reacción fue tener un escalofrío inmenso y quedarme paralizada, tratando de que algo a mi alrededor desmintiera la noticia.

Pienso que lo mejor que puedo hacer es homenajearlo en el aula, contándoles a mis alumnos de él y leyéndoles algo. Quizás, hoy, no sea el mejor día, no tendría palabras suficientes.

A la gente que uno quiere, supongo, aunque no la haya conocido personalmente, no se le dice nunca adiós. Por lo tanto, a usted, mi querido don Eduardo le digo un hasta siempre, hasta la victoria siempre.

viernes, 27 de marzo de 2015

Utopía

La palabra "utopía" podría traducirse literalmente como "no-lugar". Lo más parecido a un "no-lugar" es la patria de un inmigrante (y de algunos hijos también). ¿De dónde son (somos)? Creo que, en general, tienen muy claro de dónde son, pero si uno les preguntara por la patria o el lugar de pertenencia sería más difícil para ellos de explicar.

Mi papá cuando estaba en Galicia quería estar en Buenos Aires o en Posadas y viceversa. De mayor, consiguió tener la ciudadanía argentina sin perder la española y, el día que me mostró su DNI, con mucho orgullo, me dijo "porque soy más argentino que vos". Porque alternaba el voseo, con el tuteo, con el "pibito", con unos cuantos "pelotudo" y con su gallego.

Mi mamá, por ejemplo, que vive con un pie en cada orilla. En Asturias, es Carmen y en Argentina es Mary. En Asturias, congela la comida en la nevera y acá en la heladera. Sobre el uso del lenguaje en ella podría ampliar muchísimo. Sin dudas, cuando nos reta, nos trata de "tú", cuando se relaja de "vos", cuando habla de aprendizajes más primitivos mete palabras asturianas.

De la Yaya no sé decir exactamente qué tierra era su tierra. Aunque supongo que un poco todas. Y de grande encontró en mi hermana y en mí a dos personas a las que contarles cuentos en euskera. Dos personas que, claramente, no la entendían como sí entendíamos a nuestro papá hablar en gallego. Me gusta pensar que ella añoraba algo de su tierra, de la que no recuerdo que me haya hablado, porque siempre nos decía que "etxea" significa "casa". Podría habernos dicho cualquier otra, pero nos decía esa.

La última vez que estuve en una sala de embarque en un aeropuerto me di cuenta de que estar ahí es algo que me encanta y pensé que las salas de embarque son lo más parecido a la patria de un inmigrante, es un claro no lugar: pasaste migraciones, saliste, pero no entraste a ningún lugar, es un limbo, es una cercanía lejana y una lejanía cercana.

Ayer, le dije a alguien que los inmigrantes no tienen lugar. Pero, quizás, los tengan todos... y ninguno. Siempre me costó mucho definirme. Sé por DNI y con orgullo que soy misionera, nunca me presento como "Mariana, de Buenos Aires". Buenos Aires es mi lugar de paso y, sin embargo, es el paso más largo hasta ahora en mi vida. Y lejos de Buenos Aires no sabría qué hacer sin la Plaza de Mayo, sin sus movilizaciones, sin su ruido, sin su tan gallega Avenida de Mayo. Pero soy misionera, aunque no de pura cepa, pero me emociona escuchar al Chango, me reconozco en toda la gente de la zona (Paraguay, Corrientes, Chaco, Formosa) y le digo a la gente de afuera de mi país que las Cataratas no solo son argentinas (perdón, brasileros, de ustedes son algunos saltos), sino que son orgullosamente misioneras, de mi tierra.

Y al mismo tiempo me identifico como gallega y como asturiana. De hecho, creo que me identifiqué con eso antes que identificarme con la argentinidad. Como al paso, cuento que mi papá me anotó antes en el consulado español que en la Iglesia (creo que tenía cuatro días de nacida y ya era española). Digamos que de chica era una gallego-asturiana con acento misionero que amaba (y ama) andar en patas por la vida, como dice el Chango, "pynandí".

Y, al final, cuando pienso estas cosas, pienso que de Galicia y Asturias conozco lo que me contaron, conozco una historia, una historia como las que me contaba la Yaya en euskera: un cuentito. Las palabras de mi papá construyeron algo, las de mi mamá otro algo y yo lo mezclé con tierra colorada.

Es decir que ese no-lugar, quizás, en el único lugar real que exista sea en palabras, sea en lenguas diferentes, en acentos diversos, en morriñas varias, en amores que se fueron, en amores que vinieron...

Creo que el resto de la vida seguiré preguntándome cuál es mi lugar, de dónde soy o queriendo ser de todos los lugares que amo un poco, como lo fue mi papá, como creo que lo es mi mamá. Saliendo de mi adolescencia escuché una canción de Drexler que me explicó un poco mi confusión, la letra dice "yo no sé de dónde soy, mi casa está en la frontera". Y creo que mi casa imginaria siempre quedará en la frontera sin poder decidir para qué lado cruzarla.

martes, 13 de enero de 2015

Las miradas de mis papás

Cada vez, me convenzo más de que uno aprende más cosas en la vida por imitación que por lo que le dicen. Por algo, el refrán dice "haz lo que yo digo y no lo que yo hago", se ve que es inevitable repetir actitudes.

Siempre dije que mi papá era como el de la publicidad "La mirada de papá". No era un tipo muy cariñoso con el contacto, pero tengo pruebas de que me quería (no las voy a detallar porque no es el tema). Lo cierto es que mi pasión por leer viene de él, con quien leía el diario por las mañanas, mi pasión por los juegos de mesa, mi pasión por ver la tele (diría que veo las mismas cosas que veía él), mi forma de llamar "pelotudo" a todo el mundo, mi pasión por conocer otros idiomas, mi pasión por viajar en avión, mi pasión por los perros...

¿Mi pasión por los perros? Siempre estuve convencida de que a mi papá le gustaban los perros y a mi mamá los gatos. Ella siempre me criticó esta afición a juntar animales que veo indefensos por la calle. De hecho, siempre me cuestiona que haya traído a Galán a casa porque es un perro de 20 kg. Sin embargo, empecé a darme cuenta de que el gran amor hacia los animales lo saqué de ella, quien en su casa les da de comer a todos los gatos que aparcen e, incluso, a los erizos.

Pero lo que más me resonó en la cabeza fue un recuerdo que ella misma rescató en Noche Buena. Salió el tema de la Chiqui, una perra que era bastante más grande que Galán, que había sido de un señor que vivía en la calle cerca del trabajo de ella. Cuando el señor falleció, a mi mamá le dio mucha pena, y la llevó a su negocio. Sí, ella, la que afirma que no le gustan los perros y que menos le gustan los perros grandes. A cuento de ella, salió el tema del Pirata, otro perro que era amigo de la Chiqui y siempre supuse que era de alguien de la cuadra que lo soltaba. No. Era otro de sus protegidos. También, del tamaño de Galán. A esos, habría que sumarles el Pucho, un gatito que terminó viviendo en casa.

Las buenas actitudes como las malas se aprenden por imitación. No es necesario tanto discurso si vamos a hacer todo lo contrario a lo que decimos. No sé si mi amor por los perros lo saqué de mi mamá, sí sé que el afán de proteger a los pequeños seres indefensos sí.


domingo, 2 de noviembre de 2014

Soy mujer, no el sexo débil

Estaba saliendo de comprar en Coto y el de seguridad, haciéndose el galante, me dijo "¿no es mucho para una señorita?" y le dije un seco y rotundo "no".

Mi mamá me hubiera dicho que así jamás voy a conseguir pareja. Supongamos que el muchacho hubiera sido Antonio Banderas, me dice esa frase, me hago la dulce y débil mujer, ¿cuánto tarda en darse cuenta de que no soy el sexo débil?

Porque no soy el sexo débil, ni delicado, ni femenino, soy mujer. Porque si estuviera embarazada, con vómitos, dolor de espalda, con miedo al parto (según dicen el dolor más alto que existe), cansada del peso de la panza, no debería quejarme porque es parte de la "naturaleza" femenina. Si tuviera que cargar a un pibe de 10 o 15 kilos porque lo tengo que llevar al médico, tampoco nadie me diría nada porque el amor de madre me haría estar obligada a hacerlo.

Sin embargo, cuando voy a la veterinaria y compro alrededor de 10 kg. de productos, me preguntan si puedo sola. Cuando voy a Coto, me preguntan si puedo sola.

Supongo que más de uno se habrá quedado pasmado el día que, con sus 68 años a cuestas, mi mamá le dio un zurdazo en la cara al pibe que le quiso afanar la cadenita de oro y lo dejó turulato, y salió corriendo.

Gente, cambiemos el concepto. Tengo fuerza y me hago mierda los brazos sola. Me cuego una bolsa de mercado repleta en cada hombro y acarreo otras dos bolsas en la mano porque puedo hacerlo. Me da el cuero.

Es hora de cambiar mentes. Ser el sexo débil hace pensar que necesitamos depender de la fuerza masculina para defendernos ante el mundo.

Por favor, conmigo no.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Tengo la nacionalidad argentina por derecho de nacimiento y la española por derecho de sangre.

Cada vez que alguien hace referencia a que los hijos de extranjeros deben demostrar que son argentinos e incluso los hijos de los hijos, me siento mal, profundamente mal. No tengo palabras para describir lo que me pasa por el cuerpo, no tengo palabras para describir la sensación de ser echada.

Bastante difícil es para el hijo de un inmigrante forjarse una identidad, amasarla, construirla, identificarse con su alrededor luego de haber sido educado en un cultura foránea, como para que venga alguien y te pateé ese castillo de naipes en dos segundos.

Insultan años de mi vida, insultan 33 años de vida y tantos otros años de trabajo de mis padres en este país.

Gracias. Y lean la Constitución "para todos los hombres del mundo que deseen habitar suelo argentino".

domingo, 26 de octubre de 2014

Lo que necesitas es amor

En una época, yo hacía de la morriña un culto. Cómo no hacerlo si parte de ser gallego e inmigrante hace que lo lleves en el ADN, es una marca identitaria.

Hasta que me di cuenta de que uno puede dolerse por su tierra, por su pasado, por sus antepasados, pero que la vida puede ser más breve de lo que pensamos y que, al final de cuentas, si vamos a sentir tristeza o dolor que sea por algo que lo merezca mucho más.

Todas las mañanas, salgo con Galán, mi perro, a la plaza del Congreso. De un tiempo a esta parte, la cantidad de gente que vive en forma estable o que pasa la noche en ella fue creciendo. Esta mañana pude contar entre 7 u 8 grupos. En la cuadra del Senado: un señor que siempre está en la esquina; otra persona que estaba a mitad de cuadra; dos personas más al terminar el edificio. En la plaza: tres personas durmiendo en forma individual; el muchacho que hace el acampe contra Monsanto; unos cartoneros que pasan la noche ahí con su perro; una familia de cartoneros completa, que no sé si es tránsito o si están en la calle. En la otra plaza, en la el ombú, vive una familia hace algunos años y tienen dos perros. Además, hay que agregar al perro negro que llegó a la plaza con un acampe anterior contra Monsanto, que cuida rotativamente a la gente que vive allí, y uno beigecito que había llegado con su dueño cartonero hasta que el dueño no apareció más (o sí, hace unas semanas el perrito se alejó de su otro amigo perro porque vio a un anciano que volvía a la plaza, él se acercó de nuevo a él, lo cuidó por las noches como antes, hasta que dejó de aparecer por allí).

Esta situación me da mucha tristeza, no lo niego. Todos los días los miro (no por morbo), los busco con la mirada, trato de ver que nadie falte de su lugar. Pero no es porque no quiero que eso no cambie, sino porque sé que si no están es porque les pasó algo o hicieron algo con ellos. Las noches de lluvia, por ejemplo, los retiran de la plaza. No sé adónde los llevan, intuyo que a un lugar mejor. Eso es lo que quiero pensar. No sería la primera vez que los retiran de la plaza para que no afeen el lugar.

Cierta vez, hace no mucho, había una señora muy mayor y un señor, que estaban con 8 perritos. Mi dilema era si eso estaba bien o no, sobre todo, porque los tenían atados a la reja y hacían turnos rotativos para pasearlos. Hacía frío todavía y la señora los tapaba con las mantitas. Me di cuenta (tarde, siempre tarde) de que no podía juzgar la situación. Ella los encontró, les dio amor y los cuidaba. Ni mejor ni peor que nadie... mejor dicho, mejor que mucha gente que quema, viola, tortura a sus perros. Mi segundo dilema fue que deberían de tener hambre, pero no me daba la cara para llevarle comida para los perros y no para ella. Pero ella amaba a sus perros así que le llevé lo que podía: alimento para los perros y dos botellas con agua.

Todas las mañanas, veo también vasos de plástico y fuentecitas. Huellas de que alguien lleva alimentos. Incluso, dejan leche para los tres gatitos que viven dentro del monumento. Hace un par de semanas, dos señores del Ejército de salvación les llevaron café y alfajores y, también, un verdulero una vez le dejó al de Monsanto un atado de acelga.

La tristeza no soluciona. Es verdad. Pero mientras espero o esperamos un cambio de sistema hay un mientras tanto. Y en el mientras tanto es maravilloso recordar que uno es un humano y que podemos no perder la humanidad ni el amor. Entonces, podemos ofrecer algo que tengamos a mano para que al otro la vida le resulte más fácil aunque sea un segundo: 10 pesos, agua, café, comida (para él o para su perro, quien ama a su perro quiere que coma), una mirada, algo.

Mi madre y mi padre me enseñaron que uno siempre puede dar, que hay gente que siempre necesita más que uno. Mi mamá, antes de poner el pan en una bolsita separada de la basura, besaba el pan, supongo que lo seguirá haciendo. Y creo que si mi presupuesto diario consiste en 60 pesos (que no es mucho), si hay alguien que necesita 30 mucho más que yo, no me voy a morir. Y creo, también, que si la gente pide dinero, hay que darle dinero; si pide ropa, hay que darle ropa; si pide cartón, hay que darle cartón. Es muy habitual que la gente se niegue a dar dinero porque si tiene hambre le compro un sánguche, a ver si todavía va a comprar alcohol. Son seres humanos, los seres humanos tenemos voluntad. Tienen suficiente con tener una vida complicada y con tener que salir a pedir. Si piden dinero, hay que darles dinero. Si quieren comer, comerán; si quieren alcohol, comprarán alcohol; si están juntando para cigarrillos, comprarán cigarrillos. No soy la madre para decidir qué les hace bien y qué mal, qué necesitan y que no. Porque nadie viene a decidir qué hago yo con mi sueldo docente que no es la gran maravilla, nadie me dice que con lo que cobro no debería andar como enferma juntando animales de la calle. No voy a decidir por otro. No tengo derecho a hacerlo.

Mientras los cambios llegan, no me cabe la menor duda de que al mundo le falta amor. Y sé que de dádivas no se vive, solo espero que esto suceda en el mientras tanto, porque en el mientras tanto a mucha gente y a muchos animales se les va la vida.

Gracias a quienes me ayudaron a comprender esto: mis padres, quienes fueron pobres y nunca olvidaron eso y me enseñaron a no olvidarlo; a Galán, que me enseñó a ver lo que hay alrededor y que se acerca siempre que puede a la gente que está en la calle a ofrecerle lo que tiene, una lamida, todo su patrimonio; a Christian, por ser tan espirtual y a Dulcinea por enseñarme que los animales son nuestros semejantes, sufren y son felices como nosotros y porque, mientras ella pelea por un mundo mejor, no se olvida de que el mundo necesita amor.

viernes, 5 de septiembre de 2014

De volta à mata

Os deuses moram no mato ou no bosque segundo a geografia.

Quando Macunaíma deixou o mato, deixou a consciência na Ilha de Marapatá e assim foi que ele entrou em São Paulo, sem conscência. Segundo a lenda, essa ilha é a ilha da consciência porque aí o homem branco a deixa pendurada antes de entrar na floresta amazônica. Macunaíma, contudo, faz ao invés: ele a deixa antes de entrar na cidade.

E é que, talvez, para morar na cidade seja preciso deixá-la longe demais.

É preciso voltar para Marapatá, não para procurar a consciência, mas o espíritu, deixar de ser branco de uma vez e comungar com a natureza de novo, com os deuses do mato.

domingo, 24 de agosto de 2014

Esta mañana, estaba preparando un trabajo práctico para mis alumnos de cuarto año, así que me puse a buscar información sobre el caso María Soledad Morales.

Y recordé cosas. Recordé que yo era muy chica, tendría 12 o 13 años cuando mi mamá nos llevó al cine a ver la película sobre ese caso. Era prohibida para menores de 16 y el de la boletería se lo dijo. Mi mamá no lo dudó, dijo que ella nos permitía verla.

Luego, se fue a una de las marchas del silencio que se hacían en Buenos Aires. Fue con mi hermano. Ella dice que fuimos todos, yo no lo recuerdo, puede ser.

La cuestión es que ese día, mi mamá, una persona que nunca se pronunciaba en forma explícita sobre política (ahora sí lo hace), decidió hacer militancia. Decidió que había que apoyar a los padres de esa chica, de esa chica abusada por el poder de Catamarca. Decidió hacerlo por esa nena y por sus hijas, supongo, porque desde la época de lo de Jimena Hernández, eran cosas que la ponían muy mal. Y supongo que lo hacía, también, por nostras porque, una vez vimos a Guillermo Luque salir de un edificio cuando veníamos del trabajo de ella, y mi hermana lo dijo a voz en cuello como lo hace siempre y mi mamá nos apretó bien fuerte las manos.

Esa es mi mamá. La persona que no anda diciendo a los gritos que es esto o aquello, la persona que me educó con gestos, con actos, por instinto, pero que nunca predicó con la palabra más allá de lo que podía hacer con actos.