Ensonnacionesmarianas es un blog abierto a la reflexión propia y ajena sobre cualquier tema sobre el que deseemos pensar. El ensueño tiene que ver con la idea antigua del sueño como camino al conocimiento (por ejemplo, El primero sueño de Sor Juana).

F(h) Consultora en PYMES y ONGs

sábado, 23 de abril de 2011

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Una vez más, disfrutan un verano azul con esos amigos inseparables: Javi, Tito, Pi, Julia y los demás, con quienes ahora comparten muchos momentos como tantas veces lo han hecho. Van con las bicicletas hasta el barco para cantar que no los moverán y, una vez más, también, cuando el amigo Chanquete deje de tocar para alejarse por siempre en su barquito navegando en las lágrimas de quienes le digan adiós, llorará un mar.

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Ellos lo podían lograr y lo sabían, aunque algunas tensiones comenzaban a aparecer. No era fácil estar conviviendo todos juntos, sometiendo a una votación cada paso que debían tomar.


Una semana había pasado de la desaparición de Libertad, pero Penélope había sabido llenar cada hueco de silencio con palabras. Esto sucedió hasta que Sofía le dijo basta, hay algo que hemos olvidado. Sí, de preguntarle a Gabriel qué pasa con Libertad, dijo Soledad.


En ese mismo momento, Santiago cruzaba la puerta con todos los varones excepto Gabriel, que estaba armando una casa en un árbol de la otra orilla, cuando había río. ¿Dónde está Gabriel?, preguntaron ellas y Santiago les comentó lo que sucedía. Él había dejado la huerta para pensar en su nuevo proyecto. Habrá que ir hasta la casa de las diferencias a preguntarle qué sucede y qué pasó con Libertad, dijo Sofía. El sol está muy fuerte, muchos de nosotros podríamos no llegar y los que lo consiguieran necesitarían beber mucha agua, dijo el novio de Penélope que, por primera vez, rompía el silencio. Voy a ir yo, dijo Soledad, Luna me protege, ella puede tapar el sol con un dedito y hacer que los rayos no me peguen. Yo te voy a tejer un abrigo con palabras para que te cubra en el camino y voy a cuidar del resto con cálidas historias, dijo Penélope y se puso a hablar y a bailar.


Soledad, entonces, tomó a Luna en los brazos y se puso a caminar. Tenía sus temores, pero quería sacar a Libertad de su sueño en el campo de amapolas. Luna la vio temerosa y le regaló una sonrisa fortalecedora, levantó el dedo índice de la mano izquierda y dijo mamá, mamá, mientras señalaba el sol. Con ese dedito levantado, conseguía hacer un cono de sombras que seguía a su madre a medida que avanzaba.


Cuando llegó, ahí estaba Gabriel oxidándose un poco. Tengo que hablar con vos, le dijo ella. Él la miró y sonrió. Los hombres dicen que dejaste la huerta para pensar en tu casa. Nuestra casa, dijo él, pienso compartirla. Esa casa no es urgente. ¿Quién puede saber cuáles son mis urgencias? Estamos todos acá porque decidimos ayudarnos, dijo ella, formando un solo cuerpo. ¿De dónde sacaste esas palabras?, preguntó él. Alguna vez, Libertad me quiso explicar cómo repensaba ciertas cosas que le habían enseñado y me cantó una canción «todos unidos formando un solo cuerpo, un cuerpo que en la Pascua nació» y me dijo que qué bueno pensar la resurrección (la vuelta a la vida) como la unión de todos, que era casi como los mosqueteros «uno para todos y todos para uno». No sabía que ibas a misa, dijo él. No voy, respondió ella. ¿Qué memoria, entonces, me cantaste el trecho de una canción que sólo escuchaste una vez? La memoria y el valor son insondables, aparecen cuando uno menos los espera, al igual que las palabras indicadas para decir en los momentos precisos, dijo ella, como todas estas que te estoy diciendo. ¿A qué viniste?, preguntó él. Quiero saber qué pasa con vos y qué pasó con Libertad. Necesito poder encontrarme a mí para poder estar con ustedes. ¿Eso es una metáfora para decir que estás huyendo?, dijo ella. No, simplemente, me estoy yendo, cuando uno huye es porque sabe que alguien lo espera y Libertad se fue. ¿Hacia dónde, no habías dicho que sólo se había vuelto transparente? Decidió irse hace cuatro días, me dijo que sabía que en ese nuevo estado que tenía, el calor, la sed, el hambre y el sueño no la molestarían. ¿Por qué lo hizo? Porque sabe que allá afuera hay gente que la necesita, va a ir por todos lados a ayudarlos a organizarse. Ella, también, huyó, dijo Soledad con un dejo de tristeza. No, no huyó, se fue, me dijo que aquí nadie la esperaría y que necesitaba irse para poder volver y partirse. ¿Sabés cómo está? Al principio, venía a buscarme para contarme las novedades e, incluso, muchas veces me pidió que la ayudara. Pero vos podrías haber muerto, por el calor, dijo ella. Me pidió que me esfumara como ella, pero yo no sé hacerlo por completo, sólo me sale de a ratos y tampoco me animé. Vos la dejaste sola, aun cuando ella te ayudó siendo un viejo y siendo niño, dijo con un tono de reproche en la voz. Ella fue quien se ofreció a hacerlo, dijo él. Estás sonando egoísta, pero poco me importa ahora de vos, ¿por qué no vino por alguno de nosotros? Porque todos tenían alguien a quien cuidar, incluida la pequeña Luna, pero quedate tranquila, me dijo que se había llevado algunas cosas de cada uno que ni siquiera sabía que las tenía. ¿Por ejemplo?, yo no noté que me faltara nada, dijo ella. A Sofía, le robó un poco de confianza en sí misma, a su novio, el don de dar, a Penélope, un poco de ese amor maternal y seguridad en el futuro, a su novio, le quitó un poquito de sueños, a Santiago, le robó simpatía, a Luna, las palabras que podrá decir algún día y, a vos, el valor para enfrentar los problemas y conseguir tus sueños. ¿Y a vos?, preguntó Soledad. ¿A mí?, a mí, nada, me preguntó qué podría ofrecerle y le dije que mi futura casita para que guardara sus cosas y me contara sus penas, pensé que las penas y las diferencias podrían ser buenas vecinas. ¿Y ella aceptó? No, me dijo que la casa no era real y que tampoco quería guardar sus cosas, que todo lo que les había quitado a ustedes era para poder enfrentar el camino y para poder entregárselo a la gente que necesitaba. ¿O sea que tuyo no tienen nada? Nada espiritual, se llevó el aceite para ayudar a quienes se estuvieran oxidando más que yo, por eso, ahora estoy así. ¿Y qué más sabés de ella? Me pidió que cuidara su corazón ¿te acordás que lo tuve encendido en mis manos?, bueno, me pidió que, si algún día la llama se apagaba, que lo enterrara por aquí, que si ella necesitaba buscaría otro. ¿La última vez que la viste cuándo fue? Hace dos días. ¿Y cómo estaba? Mal, me extrañaba mucho y me dijo que los problemas de todos los que veía no le cabían en las manos y que estaba empezando a cargarlos en las espaldas. ¿Algo más te dijo? Sí, necesitaba enseñarles a todos a ser libres y a saber valerse por sí mismos y que ella, también, necesitaba aprenderlo con ellos y que le dolía mucho el útero. ¿Por qué?, dijo Soledad asombrada. Porque no tiene ningún hijo y, al mismo tiempo, todos lo son y conforman un único cuerpo, su hijo el Hombre.


Luna hacía un tiempo que estaba durmiendo, puesto que la verdadera había realizado el trabajo de cubrir a su mamá y a todo el resto. Me voy, dijo Soledad, ¿y vos? Me quedo hasta que alguien quiera ponerme aceite. No hace falta sólo que alguien te quiera poner aceite, sino también que vos lo dejes. Se dio media vuelta y empezó a caminar. Soledad, dijo él para detener sus pasos. ¿Qué?, preguntó ella al mismo tiempo que se daba vuelta. Hablando de úteros, me dijo que te anunciara que hay un bebé en camino, que vas a ser madre una vez más.

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Su padre le enseña a nadar con una técnica propia. Ella es muy pequeña aún, pero él no sabe subestimar a sus hijos. Por eso, cuando decide que la menor de los cuatro debe nadar también, la lleva a la pileta, a la de adultos, claro está, y le dice que se agarre bien fuerte del elástico de la malla de él y que vaya moviendo las piernas como una ranita, mientras él nada. A papá le gusta aprender, le gusta enseñar y, sabe, siempre sabe, que ellos lo pueden lograr.

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Para qué seguir buscándola, dijo Soledad, Libertad no está por ningún lado. Pero, si fue a la calle, corre el riesgo de morir, dijo Sofía. En ese instante, Gabriel entraba en la cocina y ambas callaron. Qué pasa, preguntó él. Libertad desapareció, dijo Sofía. Sí, ya lo sabía. ¿Y estás tan tranquilo?, preguntó Soledad. ¿Por qué no debería estarlo? En la calle, podría morir, dijo Sofía. No está en la calle. Cómo lo sabés. Porque simplemente desapareció. Esta mañana, cuando desperté, ya no estaba pero percibí algo de ella en el aire y le hablé. Al principio, no respondió, pero me dijo que necesitaba huir y le dije que estaba bien. Ahora, ella está en todas partes, aunque no la veamos. Si necesitan algo, me avisan y le pregunto. ¿Y por qué con vos habla y con el resto no?, dijo Soledad. Porque, cuando la encontré esta mañana escondida en el ropero, le agradecí por haberme ayudado y le dije que, cada vez que ella se sintiera niña, yo crecería lo suficiente para ser su padre.

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Sueña con su futuro, ese que resultará ser bien distinto al lecho de rosas con el que sueña. Sin hijos, sin ese camino perfecto trazado, los sueños se irán yendo uno tras otro hasta que no quede ninguno por perseguir y, en ese desamparo, se preguntará y ahora qué hago, ahora para qué seguir.

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Aprendiz de tonta soy, decía Libertad. Mientras los hombres trabajaban en la huerta, ellas tomaban mate y hablaban de la edición del próximo número. ¿Qué pasó, lo decís por lo de anoche?, preguntó Soledad. Sí, por todo lo de ayer, tenía que haber supuesto que, cuando tuviera mi edad, Gabriel me ignoraría. Fue tu decisión, dijo Sofía, de cualquier manera, alguien tenía que hacerse cargo de él. ¿Y qué pasó con tu tejido?, preguntó Soledad, dejaste de hablar por completo de él. Es que dejé de intentar terminarlo y dejé de tener ese sueño. ¿Cuándo fue eso?, intervino Penélope. El día en que el sol rajó la tierra, de cualquier manera, algo raro pasó: ese primer día de la sequía, Gabriel era anciano, ¿recuerdan que preguntó por sus medicamentos? Todas asintieron con la cabeza. Bueno, entre sus pastillas, encontré el frasco de aceite para máquina de coser con el que yo soñaba.

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Señala las estrellas después de corroborar con su libro el nombre de la constelación para enseñársela a Libertad. Su hermano sueña con estudiarlas y, por eso, lo hace. Su hermano es un niño curioso y, debido a eso, le escribió a la nasa para obtener información. En esta época, en que no existen los mails, enviar una carta o recibirla es un ritual. El momento de la escritura es especial y, una vez enviada, la espera es un paso más. El tiempo existe y pasa, no se consume ni aterroriza su paso veloz, el paso marca las esperas y los logros. Una vez recibida la respuesta, se abre con ansias el sobre y lo más mágico es tener entre las manos una parte de quien lo escribió: su letra, su papel, sus vacilaciones. La carta se guarda, se relee, se vuelve amarilla mostrando que el tiempo va transcurriendo.


Y, un día, la respuesta llega. Y, claro, una de las primeras personas en ver esas fotos es ella, su aprendiz.