Ensonnacionesmarianas es un blog abierto a la reflexión propia y ajena sobre cualquier tema sobre el que deseemos pensar. El ensueño tiene que ver con la idea antigua del sueño como camino al conocimiento (por ejemplo, El primero sueño de Sor Juana).
F(h) Consultora en PYMES y ONGs
miércoles, 19 de septiembre de 2012
4
Hay gente que silencia porque no puede matar, porque la poca ética que tiene se lo impide. Se pone un disfraz de buena gente y elige su objetivo. Lo hace subir, subir y subir hasta que empieza a derrumbarlo. Algunas de las cosas que Marcos supo decirme fue que cómo iba a estudiar tantos idiomas al mismo tiempo, que seguro no aprendía nada. Como si él tuviera el modo de probar mis conocimientos: hasta donde sé no habla ni portugués, ni francés, ni italiano. Creo que muchas personas desprecian en los otros las debilidades que no pueden superar.
Cuando yo le reclamaba que trabajara, que no se hiciera el tonto, que yo hacía todo, me decía que él ya lo había hecho cuando había tenido el mismo proyecto en otro lugar. Como si las experiencias previas fueran acumulativas para las presentes. Como si yo pudiera decirle a un alumno que lea los temas de un manual, que no se las pienso enseñar porque ya lo hice anteriormente con otras personas.
Él siempre calla cuando no sabe qué decir. Y, la verdad, es mejor que Marcos se calle y no que hable porque, cuando lo hace, lo hace a los gritos y eso me hace temblar. Una vez, tuve que escribirle una carta -de tanto que me aterraba hablar con él, aunque lo quisiera como a nadie-, y tuve que pedirle que no volviera a gritarme, que no toleraba eso. Le tuve que decir que no quería ser la Caperucita de Ismael, que era devorada por un lobo feroz.
Pero no pude evitarlo y me devoró. Quizás, algo en mi interior me alertaba de que así sería.
Marcos calla, silencia, mata porque no sabe decirse las cosas a sí mismo. Porque se oculta con el disfraz que él cree ser.
3
El día está lluvioso. A veces, papá regresa a mi cabeza, me da indicios, me dice que tenga cuidado. Él jamás conoció a Marcos ni supo nada de él por mi boca, pero no tengo dudas de que ahora sabe que existe. Papá siempre me dijo que si alguien le ponía la mano encima a una hija suya lo mataba y ya no está para cumplir su palabra, solo quedo yo para cumplir la mía, ya que siempre le decía que él no llegaría a tiempo porque antes lo haría yo. Me di cuenta tarde y no sé si tengo fuerzas ni ganas.
Sin embargo, siempre aparece papá cuando me están engañando. Si presiento algo extraño, siento que está a mi lado como nunca antes y que me tranquiliza, aunque llore mares por saber que no lo puedo abrazar. Ayer por la tarde, mientras regresaba del trabajo a casa me dijo la palabra con que él definiría a Marcos "trapaceiro". Y supe que era la palabra correcta.
El mundo sigue girando, aunque yo sienta que está detenido. El mundo a veces duele porque en la llaga recién abierta, alguien mete el dedo y escarba. Marcos lo hizo, es especialista en eso. Cuando mi papá fue internado, no acudió a mi súplica de ayuda. Dos días después, me dijo que sentía mucho lo que estaba pasando, que se había enterado por alguien lo que sucedía. No le respondí. Fue un dolor más de los tantos que me había provocado.
Cuando papá murió, me dijo que lo sentía mucho y aclaró que era sincero. Le dije que no mintiera, quizás, los velos comenzaban a correrse. Jamás me había preguntado cómo me sentía yo por lo que me sucedía y, para peor, cuando volvió a verme, ni siquiera me saludó, ofendido porque le había dicho que no le creía. Nuevamente, la agresiva era yo. Para peor, días después, me culpó una vez más diciéndome que él no me había saludado porque yo no quise hacerlo. Ya no recuerdo si pedí perdón, pero si lo hice seguro no debí haberlo hecho.
2
Inés deseaba huir. La muerte no le sirvió, no había sabido cómo
hacerlo, había equivocado el método. Los cortes en sus muñecas habían
sido los equivocados. Estaba cansada del silencio, ese silencio que
significa la muerte cuando calla lo que se siente, cuando calla lo que
uno piensa. De algún modo, antes de escapar hacia la frontera, Inés
estaba muerta, entre cuatro paredes igual que las hijas de Bernarda.
Mientras leo esto, pienso que Marcos embarcó y no fue tentado por las sirenas. Él solía zambullirse en el mar disfrazado de ellas para que yo me tirara y me ahogara con él, cuando lo conseguía, me tomaba por los cabellos y me hundía bien hondo, aunque me desesperara y pataleara por salir a tomar aire y, luego, me sacaba a flote, me daba a entender que me quería, me hacía algún regalo para que me sintiera bella y me decía que, nuevamente, me había equivocado, que había hecho lo incorrecto y que él, por ir a salvarme, casi moría arrastrado por mi culpa. Como siempre, yo le pedía perdón, lloraba y le decía que no lo volvería a hacer.
Ahora, Marcos es feliz o cree serlo que, aunque parezca lo mismo, no lo es. Yo sufro, no ya por él sino por haber descubierto las marcas de la violencia en mi interior. Si hubiera métodos para ver esas huellas en la cabeza y en el pecho, yo tendría una gran mancha morada de tiempo. Quizás, en este momento, yo no sea feliz del todo, pero sé quién soy y puedo mirar a la gente de frente, a los ojos. Dulcinea ya me ha dicho que uno puede caer en muchas batallas, pero que la integridad no tiene precio y sé que ella no miente.
Mientras leo esto, pienso que Marcos embarcó y no fue tentado por las sirenas. Él solía zambullirse en el mar disfrazado de ellas para que yo me tirara y me ahogara con él, cuando lo conseguía, me tomaba por los cabellos y me hundía bien hondo, aunque me desesperara y pataleara por salir a tomar aire y, luego, me sacaba a flote, me daba a entender que me quería, me hacía algún regalo para que me sintiera bella y me decía que, nuevamente, me había equivocado, que había hecho lo incorrecto y que él, por ir a salvarme, casi moría arrastrado por mi culpa. Como siempre, yo le pedía perdón, lloraba y le decía que no lo volvería a hacer.
Ahora, Marcos es feliz o cree serlo que, aunque parezca lo mismo, no lo es. Yo sufro, no ya por él sino por haber descubierto las marcas de la violencia en mi interior. Si hubiera métodos para ver esas huellas en la cabeza y en el pecho, yo tendría una gran mancha morada de tiempo. Quizás, en este momento, yo no sea feliz del todo, pero sé quién soy y puedo mirar a la gente de frente, a los ojos. Dulcinea ya me ha dicho que uno puede caer en muchas batallas, pero que la integridad no tiene precio y sé que ella no miente.
1
Esta es la historia de un libro prestado. Un libro que le presté a mi papá más o menos hace un año. Pero mi papá murió y ya no tengo quién me lo devuelva o, mejor dicho, tengo el modo de conseguirlo, pero no me lo devolvería la persona a quien se lo había prestado.
Mi papá falleció y él no consiguió devolverme mi libro preferido, no sé si llegó a leer algo, no sé qué parte de ese libro se grabó en su alma antes de morir. Lo único que sé es que ese libro no está más en la biblioteca y, por más que volviera a estar, no sería devuelto sino reintegrado a su propietaria, o sea, yo.
Hay muchos libros que nunca me devolvió, era así. Mi biblioteca familiar estaba compuesta por algunos libros que le habíamos regalado, otros que había comprado él y algunos que nunca había devuelto.
Pero este libro en particular que no devolvió, habla de mi vida, aunque hable de una época en que no viví. Es como si él no me hubiera devuelto mi pasado o, para ser más concretos, nuestro pasado. Nuestra España perdida, nuestro Paraíso, nuestros mundos de guerra y de silencio.
Cuando el falleció, falleció Galicia. A diferencia de mi mamá, quien claramente parió a su Asturias, ya que ella es madre de su tierra, cuenta la historia de su hija predilecta con amor, la castiga cuando es necesario, la alimenta, le sacia la sed y de más, mi papá era un hijo de la suya que hablaba con una admiración absoluta del lugar que lo vio nacer, que lo acunó y lo meció, que le dio de beber y de comer, que lo vio partir al hacerse mayor y cuya lengua hablaba con orgullo.
Cuando él se fue, muchas cosas se fueron con él. Se fueron las máscaras de los representantes hipócritas del mundo. Se cayó el velo que tapaba mis ojos, vi una realidad, por fin, que no era la que mis ojos habían visto. El engaño del mundo se terminó. Dice Segismundo en La vida es sueño:
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Y aquí no se hacen realidad como decía Berugo Carámbula. Las mujeres no salen ataviadas con bellos vestidos de gala que jamás hubieran soñado conseguir por sus propios medios.
Mi papá falleció y él no consiguió devolverme mi libro preferido, no sé si llegó a leer algo, no sé qué parte de ese libro se grabó en su alma antes de morir. Lo único que sé es que ese libro no está más en la biblioteca y, por más que volviera a estar, no sería devuelto sino reintegrado a su propietaria, o sea, yo.
Hay muchos libros que nunca me devolvió, era así. Mi biblioteca familiar estaba compuesta por algunos libros que le habíamos regalado, otros que había comprado él y algunos que nunca había devuelto.
Pero este libro en particular que no devolvió, habla de mi vida, aunque hable de una época en que no viví. Es como si él no me hubiera devuelto mi pasado o, para ser más concretos, nuestro pasado. Nuestra España perdida, nuestro Paraíso, nuestros mundos de guerra y de silencio.
Cuando el falleció, falleció Galicia. A diferencia de mi mamá, quien claramente parió a su Asturias, ya que ella es madre de su tierra, cuenta la historia de su hija predilecta con amor, la castiga cuando es necesario, la alimenta, le sacia la sed y de más, mi papá era un hijo de la suya que hablaba con una admiración absoluta del lugar que lo vio nacer, que lo acunó y lo meció, que le dio de beber y de comer, que lo vio partir al hacerse mayor y cuya lengua hablaba con orgullo.
Cuando él se fue, muchas cosas se fueron con él. Se fueron las máscaras de los representantes hipócritas del mundo. Se cayó el velo que tapaba mis ojos, vi una realidad, por fin, que no era la que mis ojos habían visto. El engaño del mundo se terminó. Dice Segismundo en La vida es sueño:
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Y aquí no se hacen realidad como decía Berugo Carámbula. Las mujeres no salen ataviadas con bellos vestidos de gala que jamás hubieran soñado conseguir por sus propios medios.
miércoles, 12 de septiembre de 2012
sábado, 8 de septiembre de 2012
sábado, 1 de septiembre de 2012
Mi patria supo ser un tractor amarillo
Ismael Serrano me hace ahorrar en psicólogo. Hoy, hablando de la patria, se le dio por decir que toda persona fuera de su país es capaz de cantar la canción más grasa que su lugar de origen dio a la luz. Y comenzó a sonar "¡Qué viva España!" y no sabía si reírme o si llorar porque, de golpe, alguien se estaba riendo de lo que hice desde que nací, cantar con ganas esa canción, casi como si fuera un himno. Y es que, a lo mejor, él no sabé cómo puede hacer llorar ese tema a los que pasaron lejos de su familia o a los que nacimos fuera de nuestra España, pero fuimos educados en la convicción de ser españoles.
Y es que los hijos de inmigrantes tenemos nuestros repertorios. En mi casa, con "Negra sombra", llorábamos a coro con papá (ahora lo lloramos con ella a papá), con "Campanines de mi aldea" llorábamos a coro con mamá. Al (de)Presi lo odiábamos los niños, pero todos cantamos alguna vez "Soy minerooooooooooooo" con Molina y ni qué decir del repertorio de Manolo Escobar: "El porrompompero", cuya letra me inquietaba porque yo entendía que decía "porrompompero PERÓN" y me preguntaba cómo un español iba a decir "Perón" y que encima mi mamá osara escucharlo. Además de esa, me pasé la infancia escuchando cómo este señor preguntaba "Dónde estará mi carro, dónde estará mi carro"...
Pero el hecho más tragicómico fue con una canción berretonga a morir que fue furor por estos pagos (aún no entiendo por qué), qué decía "tengo un tractor amarillo porque ye la última moda" del grupo Zapato Veloz. Recuerdo que, en mi casa, alguno de los pequeños (ya no tanto los mayores) le dijo a mi mamá que en una canción hablaban en bable, aunque a decir verdad creo que solo una palabra aparecía en su lengua. Y, hoy, con esa declaración de la grasada que uno es capaz de cantar o por la boludez de la que uno es capaz de llenarse de orgullo, se me vino esto a la cabeza.
Convengamos que es mucho mejor cantar el qué viva España con pasión, como suele suceder en el restorán de los gallegos que tengo enfrente, que cantar a voz en grito "El tractor amarillo".
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