Ensonnacionesmarianas es un blog abierto a la reflexión propia y ajena sobre cualquier tema sobre el que deseemos pensar. El ensueño tiene que ver con la idea antigua del sueño como camino al conocimiento (por ejemplo, El primero sueño de Sor Juana).

F(h) Consultora en PYMES y ONGs

martes, 10 de septiembre de 2013

Estos días de calor pesado desde la mañana, me recuerdan los sábados por la tarde con el partido por LT4 de Posadas de fondo. Era el signo más claro de que la tarde no prometía nada. Y, al acordarme de Posadas, no puedo dejar de extrañar a mi papá. Sus ausencias, que no son lo mismo que la muerte porque sabía que en esa distancia podía contar con él. Las discusiones de política porque, aunque pensáramos muy distinto, le gustaba el debate. Su tiranía porque, más allá de que era un dictadorzuelo familiar, fue una de las personas que más libertad me dio, le gustaba el desafío mucho más que el sometimiento del otro. Y, cuando lo desafiaba con algo, podía sonreírme de costado, decirme que estaba muy bien lo que había hecho o gruñir un rato. Extraño hablar de la música, de los libros y de los programas que compartíamos, de nuestro Quijote, de mi lengua y de la suya, escucharlo enseñarme sobre poesía gallega.
Lo extraño.

Los Cadillacs son un poco de mi infancia en los 80, pero, además, siempre tuvieron para mí algo relacionado con la nostalgia por algo que no fue, pero que hubiéramos querido (y queremos aún) que vuelva, y la nostalgia por algo que no fue es la "moriña" galega.
 

martes, 27 de agosto de 2013

El pote de San Francisco, si da pa cuatro, da pa cinco.

jueves, 15 de agosto de 2013

Las edades de la vida

Estoy escribiendo esto muy temprano en la mañana. Debería estar arreglándome para ir a la facu, pero me gusta detenerme en mis instantes eternos creados por mi propia voluntad.

Siempre pensé que la edad no es algo cronológico, que indefectiblemente vamos a la muerte, pero que importan las ganas que les pongamos a las cosas, la capacidad de emocionarnos, de enojarnos, de sorprendernos que le pongamos a la vida.

Ayer, me encontré con que alguien de 50 me decía que yo había nacido cuando él/ella tenía 18 años. Y solo me pensé a mí de bebé como algo inexistente y a él/ella con 18 ni siquiera me lo/la pude imaginar porque no sé cómo era a esa edad. Le dije "eso fue hace mucho tiempo". Lo tomó como una expresión de que yo me sentía mayor y me preguntó si es que ya me sentía grande. Mi respuesta fue "siempre me voy a sentir de 15, como todos en la familia, de 15 hasta la muerte".

Y es que si uno se deja derrotar por el tiempo, va matando sueños, se acostumbra a esos paraísos que se inventa, no se cuestiona su vida, no piensa cómo cambiar y se encierra en burbujas de pseudoperfección. Y la vida es cambio, constante. Muerte y resurrección. Por suerte, podemos cambiar el modo de pensar, de actuar, incluso de apariencia.

Creo que uno tiene posibilidad de vivir múltiples vidas dentro de la misma. Siempre digo que voy por la cuarta o por la quinta. Cuando me hablaron de hace 32 años, época en la que nacía, era como si me hablaran de alguien que ya no conozco, de eso que solo se ve por fotos.

Uno debería tener más claro eso de que la edad no marca pautas. De que la vida se marca desde lo que se siente y desde lo que se puede (siempre puede haber impedimentos). Uno puede tener amigos mucho menores (como la gran Inés) o algo mayores que uno (como la genial Dulcinea). Lo que importa es el encuentro de las almas, la sintonía del tiempo.

Como me dijo mi inconsciente el otro día en un estado de semivigilia, si permanecemos en este paraíso parados, nunca saldremos a buscar una estrella.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Capitanes del asfalto

Acabo de ser "asaltada". Se me acercó un nene que no tendría más de 13 años, de esos que tienen todo el aspecto de ser adultos, uno de esos capitanes de la arena de Jorge Amado.

Se me acercó y me dijo que no me iba a robar, que quería dinero porque tenía hambre. En cuanto me dispuse a abrir mi billetera, insistió con que no me quería robar y agregó que no me iba a lastimar. Mientras me decía eso (tal vez sin querer) comenzó a jugar con un encendedor. En ese momento, me empezó a correr miedo por el cuerpo. Saqué 20 pesos y me dijo que no, que quería un billete más grande. Le dije que no tenía, pero como hizo gesto de desaprobación mientras se iba, le ofrecí 10 más.

El muchacho que estaba antes que yo en la parada del colectivo solo atinó a decirme que yo estaba primera. Y yo tuve muchas ganas de llorar.

Ganas de llorar porque me sentí miserable, porque no soy yo quien tiene que sentir miedo de ese nene, sino él tener miedo de la sociedad que lo excluye y que no permite que esté en el colegio, jugando con sus amigos al fútbol y teniendo una buena vida. Y tras haberlo dejado así, nos atemorizamos con él como si fuera algo monstruoso.

Todavía, no sé si el modo que tuvo de hablarme fue para que me sintiera intimidada o si lo hizo porque ya muchos huyeron de él. Solo sé que él seguirá viviendo su vida, todo lo corta que sea, aclarando que no quiere robar y que tiene hambre, y seguirá siendo observado de costado o ignorado por completo.

lunes, 29 de julio de 2013

Mi casa, mi pueblo, la soledad

Cuando uno viaja, tiene la posibilidad de encontrarse con lo más interno de uno y de conocerse.

En mi estadía en Rosario, conseguí el cd de Carlos Nuñez Alborada do Brasil y comprendí, finalmente, por qué mi papá tenía cierto romance con Brasil y por qué yo también. Carlos Nuñez explica que ese país es un poco como el paraíso al otro lado del mar para los gallegos, ya que, entre otras cosas, comparten una lengua muy similar. En sus propias palabras "Brasil siempre ha sido para los gallegos una patria secreta donde desaparecer (...) En Brasil vive nuestro pasado y quién sabe si nuestro futuro... Allí está sin duda, el paraíso que los celtas buscaban tras el sol poniente y que algunos encontraron...". Creo que con eso tiene que ver la insistencia de mi papá en que me fuera a vivir a ese país, sin importar el lugar.

De algún modo, creo que nuestra historia no comienza con nuestro nacimiento, sino siglos y siglos atrás, que tenemos una conexión con nuestros antepasados y que, de un modo u otro, no podemos evitar continuar viajes y destinos trazados.

En cierta forma, mi viaje me hizo entender eso que dice Sánchez Drago de que los nómades tienen una casa y que esa casa es el viaje. Sigo completando una travesía iniciada por otros. Eso explica, por ejemplo, que desde hace 22 años me sienta turista en Buenos Aires y tenga la rara sensación de que un gigante me devora cuando entro a la ciudad, y que todo se acelera como en la música del Chango Spasiuk. Eso explica, también, que al entrar esta última vez (siempre habrá un próximo viaje) haya pensado que tener mascotas es el modo que tengo de obligarme a volver a esta estación y no quedarme por el mundo dando vueltas, es el modo de hacerme creer que soy Dorothy de regreso.

Sin embargo, uno solo puede regresar al origen y yo no sabría cuál de todos es. Si los pies descalzos en Posadas, tierra con la que tengo la cuenta pendiente de aprender guaraní porque, según mi padre, tenía que saber la lengua de mi tierra (los gallegos y su madre, los gallegos y su tierra); si la muralla de Lugo, si Selorio, si Buenos Aires... Nunca sabré cuál fue el comienzo de la travesía ni cuál será el próximo destino.

Y, entre todas estas orillas, me di cuenta de que hay una que no pertenece a mi trayecto original, sino al prestado, que se me anuda en la garganta y que me hace llorar cada vez que encuentro a alguien que nació o vivió allí, Durango.


viernes, 19 de julio de 2013

domingo, 7 de julio de 2013

Las casualidades de mi vida (o no me gano nunca una puta rifa, salvo hoy)

En el verano del 2010, soñé con la Yaya. Entre otras cosas, me decía que iba a tener una hija que se iba a llamar Paula del Alba porque debía llamarse como ella (deformaciones de los sueños, ella era Dolores). En agosto de ese año, soñé que realizaba una investigación sobre la península ibérica que, en algún momento, se había llamado Jai. Al levantarme, googleé la palabra y me salía que era vasco, y que significa "fiesta". Decidí anotarme en un curso de vasco, me dije que la Yaya me estaba pidiendo que me acercara a ella. Lo hice. El curso comenzó el 10 de agosto de 2010. El día 12 (día de mi cumpleaños), me llamó Teresa para darme los datos del colegio para que me presentara por las horas vacantes de lengua.

Hoy, mi mamá preparó unos calamares para Euskaltzaleak, así que me dije que tenía que ir porque si no comía yo sus calamares era sospechoso. No suelo ir y nunca en la puta vida gano rifas. Me tenté igual y compré números porque era un libro. No tenían mis números (12, 8 y 81) que son los de mi fecha de nacimiento. Así que fui por el 44 y el 59: el año en que nació mi mamá y el año en que llegó a la Argentina. Y salió el 59.

Al llegar a casa, pensé que esto es una señal de alguien más porque, como buena gallega, creo en las meigas, en los espíritus y en todas esas cosas. En el año 59 no solo llegó mi mamá, además conoció a la Yaya por cuestiones obvias, era la mujer de su papá. Digamos que en el 59 nos "emparentamos" con los vascos. Gracias al 13 de febrero del 59, día en que mi mamá llegó, tengo recuerdos de mi infancia con la Yaya diciéndome los números en vasco para dormirme.

Mi mamá hoy no fue, pero hizo la promesa de ir la próxima topaketa. Esto me recuerda un sueño que tuve hace un año más o menos en que mi mamá cocinaba en la misma olla que cocinó hoy, cocinaba un guiso o algo muy humeante y yo le decía "¿venís conmigo a ver a la Yaya?" y ella me respondía que no podía, que tenía muchas cosas para hacer. Y fui yo sola. La Yaya vestía de negro, estaba más joven de lo que la llegué a conocer yo, hermosa, como solo la muerte puede devolvernos. La vi y le dije que mi mamá y mi hermana en ese momento no habían podido ir a visitarla y me dijo "no te preocupes, ya van a venir". Quién dice, a lo mejor, mi mamá va a verla en la próxima topaketa, las que siempre resultan ser una fiesta (jaia).