Ensonnacionesmarianas es un blog abierto a la reflexión propia y ajena sobre cualquier tema sobre el que deseemos pensar. El ensueño tiene que ver con la idea antigua del sueño como camino al conocimiento (por ejemplo, El primero sueño de Sor Juana).

F(h) Consultora en PYMES y ONGs

viernes, 9 de junio de 2017

Decía Vinícius de Moraes "A vida é a arte do encontro, embora haja tanto desencontro pela vida"

Tengo dos habilidades raras, pero que me gustan. Una es la de soñar embarazos, anunciárselos a la personas con las que sueño y que, meses después, me digan que quedaron embarazadas o que van a ser papás.

La otra es la de encontrarme con gente que conoce gente que conozco de otros ámbitos o de otra época. La última y más extraña que me pasó, fue a fines de 2015 o de 2016. Me dio la curiosidad de encontrar en face a los hijos de mis padrinos. Tuve suerte, la encontré a ella. Me puse a ver entre sus contactos si estaba mi madrina, para poder ver cómo es ahora, ya que la última vez que la había visto había sido como en otra vida. Y, oh, sorpresa, entre los contactos de la hija de mis padrinos, encontré a una compañera del cole. Lógico, lo primero que hice fue escribirle y preguntarle.

Y me contó que, de adolescente, había sido amiga de la prima. Y me hablaba de mi madrina, de lo buena onda que era con ellos, del departamento de ella, del recuerdo de esa casa hermosa en Lanús, de lo buena onda de Analía, de mi padrino...

Pero esas habilidades que me gustan, encontrar gente, anunciar embarazos (encontrar vida), se ve compensada por una que no me causa gracia. Dos veces, pude presentir la muerte de alguien con algunos meses de anticipación. La primera, fue a fines de 2011, mi papá me miraba desde la puerta de su departamento mientras yo esperaba el ascensor para irme. Lo miré y supe que se iba a morir. Me fui llorando hasta mi casa, se lo dije llorando a mi mamá. Cinco o seis meses después, lo internaron, salió, lo volvieron a internar. Un día, desperté y me dije "murió". Como tenía que ir a rendir un examen, pensé qué hubiera querido él, así que fui y lo rendí. Volví a casa, pasó una hora, me llamó mi mamá. Había muerto. Curioso, murió una o dos horas después de haberme levantado con la certeza de que estaba muerto. Me gusta creer que me vino a visitar antes. No terminaría más si contara las de veces que sé que vino después.

La segunda, fue con mi padrino. Creo que fue el único amigo real que tuvo mi papá. Hacía mucho tiempo que no lo veía, creo que la última vez habrá sido en 2008 o 2009. Obvio, estaba con mi papá. Mi papá le hablaba de los muertos recientes que tenían en común, se enojaba si Raúl no los recordaba o no recordaba algún dato recóndito que solo podía acordarse él. A fines de 2015 o principios de 2016, sentí que había fallecido y empecé a romperle las bolas a mi madre para que llamara y averiguara algo. Se resistía, creo que por el miedo de que tuviera razón una vez más. Pero seguí rompiéndole las bolas hasta que lo hizo. No sé si en junio del año pasado o por ahí. Se alivió. Estaba vivo, internado, pero vivo. Seguí rompiéndole las bolas. Obvio, para ir a verlo antes de que falleciera. Me dijo que me sacara esas ideas de la cabeza.

Este último 31 de mayo, cuando apagué la luz para dormirme, me empecé a acordar de él. Lo raro es que de su mano vino mi papá y comencé a recordarlos juntos, qué cosas tenían parecidas, cuáles no. Y, sin darme cuenta, les dije a ambos lo que siempre le digo a mi papá "saludos, donde quiera que estén, sepan que los quiero". Al día siguiente, que habría sido su cumpleaños, vi un post en face en que celebraban su cumpleaños. Vi comentarios que me alertaron, le pregunté a la hija y, efectivamente, había fallecido en septiembre del año pasado. Sin saberlo, la noche anterior, lo había saludado con la absoluta certeza de que ya no estaba.

Una de las primeras personas a las que se lo dije fue a mi compañera del cole. Supongo que, como yo no podía parar de llorar, necesitaba compartirlo con alguien que supiera de quién hablaba (más allá de mi mamá y de mi hermana). Busqué fotos de él, que tengo en mi escritorio. Las llevé al cole, se las mostré a Egle.

Esta tarde la vi, me preguntó si tenía noticias. Y sé que esa pregunta sirve para que hablemos de gente en común que pobló nuestros pasados, gente que pasó por nuestras vidas en buena manera y no en vano.

Lamentablemente, mi relación con Raúl y con mi papá era como la del padre de la publicidad que le enseñaba la teoría de la relatividad al hijo con una mirada. Como le dijo hace poco un vasco a mi amiga Inés, "ella es de campo, si te recibe en su casa, es una demostración de cariño, no esperes más".

Como escribió Galeano una semana después de haber desaparecido su amigo Haroldo (Conti), "yo ya no tengo cómo decirle(s) que lo(s) quiero y que nunca se lo dije por la pereza o la vergüenza que me daba".

jueves, 22 de diciembre de 2016

ACRIBILLARON A UN PIBE DE MI BARRIO
la inseguridad acecha
ACRIBILLARON A UN PIBE DE MI BARRIO
nunca lo vi tan de cerca
ACRIBILLARON A UN PIBE DE MI BARRIO
no había opuesto resistencia
ACRIBILLARON A UN PIBE DE MI BARRIO
quizás, estudiante, quizás, laburante, no lo sé
ACRIBILLARON A UN PIBE DE MI BARRIO
y no llenaron durante horas las pantallas con su historia
ACRIBILLARON A UN PIBE DE MI BARRIO
estaba con las manos en alto
ACRIBILLARON A UN PIBE DE MI BARRIO
no fue en un asalto, no
LO ACRIBILLÓ LA POLICÍA

martes, 9 de agosto de 2016

Colecciono casas irreales y embarazos imposibles.
Los cambio por estómago en buen estado
y alguna que otra vértebra flexible.

domingo, 7 de agosto de 2016

Como una plegaria

Abrió los ojos, aunque ya los tuviera abiertos. Comenzó a escuchar rumor de gente en la puerta. Algunos lloraban e imploraban antes de entrar. Se sintió confundido, nunca pensó que tanta gente lo esperaba. Miró al niño, pensó qué hacer con él. No tenía dudas, lo cuidaría un momento Mario. Bajó del pedestal, se acomodó la ropa y pensó que, si bien había estudiado leyes, debía hacer una actualización en Derecho Laboral.

Al encontrar a Mario, le dijo:
- Mario, necesito salir un momento. ¿Me cuidaría al niño?

Mario no contestó, simplemente no podía salir de su asombro. Tomó al niño sin borrar el gesto de sorpresa de su cara.

Lo curioso fue que los fieles, al ingresar, no percibieron que en su lugar había ubicado alguien similar. La desesperación era tanta que solo atinaron a tocarle los pies a quien estaba ahí, pedir, rezar, llorar.

En el tiempo que pasó entre la medianoche y la finalización de la ceremonia, él fue a reunirse con militantes políticos, sociales y gremiales. Se dio cuenta de que ya no eran suficientes las organizaciones de beneficencia, que los tiempos habían cambiado; y decidió involucrarse. Pidió ser uno de los oradores al día siguiente. Como no lo conocían, tuvo que hacer uso de sus mayores poderes de oratoria. Los convenció. Casi como un milagro.

En la mañana, luego de la ceremonia, multidud de personas se reunió en la puerta del santuario. Él estaba espectante. El gentío con sus banderas lo emocionaba mucho más que con sus llantos. Se daba cuenta de que la organización popular era la solución y no el milagro individual. La organización colectiva era el verdadero milagro.

Estaba nervioso, era su primera movilización. Muchos preguntaban quién era ese señor de barba candado y sotana negra, mezcla de estudiande de Filo y cura. Alguien, en la movilización, como último acto de fe, se puso a repartir estampitas para aquellos que necesitaran empleo y un milagro más.

Al llegar a Plaza de Mayo, los oradores se fueron sucediendo. El problema radicaba en cómo presentar a este señor que decía haber venido de muy lejos, pero que nadie conocía. No supieron. Así que simplemente, dijeron:

- Damos paso al último orador.

Subió. Estaba entre emocionado, nervioso y feliz. No supo cómo empezar. De hecho, tardó un momento antes de reaccionar y ver a esa multitud pidiendo trabajo, entre otras cosas. Pero comenzó:

- Mi nombres es...

Y se vio interrumpido por un rumor. Personas que se miraban entre sí, que alzaban una estampita en la que se encontraba con un niño en brazos y una espiga. Era él, los había acompañado a reclamar lo que tantos le pedían. Estaba de pie, estaba vivo, reclamaba por paz, pan y trabajo.

martes, 2 de agosto de 2016

Lo peor ha pasado

Qué es un desengaño
un mal día
un mal año
si lo peor ha pasado.

Qué decir si mis planes no se cumplen
si no triunfo
si no encuentro el rumbo
si lo peor ha pasado.

Cómo no seguir adelante
no levantarse
no batallar
si lo peor ha pasado.

Lo peor ha pasado
no lo dudo
lo recuerdo
en junio, agosto y mayo
lo peor ha pasado.

Para el resto solo resta
decir adiós
levantarse
empezar de nuevo
porque, definitivamente,
lo peor ha pasado.

sábado, 30 de julio de 2016

Arde Buenos Aires

Tristeza infinita. Por varias cosas, especialmente, por mí. Sin embargo, no puedo dejar de ver lo que sucede alrededor, aunque esta semana más que nunca quisiera poder abstraerme y solo hacer comunión con mi alma.

Estando en Mendoza, elogié la limpieza. Es algo que hago frecuentemente cuando voy a otros lugares porque, evidentemente, la ciudad en la que vivo (¿mi ciudad? ¿Buenos Aires llegará algún día a ser mi ciudad? ¿algún día dejaré de sentir que estoy de paso?) no lo es. Debo confesar que me miraron un poco raro porque, en algún lugar, había un vasito en el piso (¡un vasito!).

Cuando yo era chica, pensaba que Posadas vivía sucia. Era una sensación, Posadas no era sucia era natural. Recuerdo que era imposible limpiar los muebles porque se llenaba todo muy rápido de tierra y, en la calle, sucedía lo mismo. La tierra roja está presente, la naturaleza no se deja dominar del todo. Sin embargo, era una ciudad limpia.

Las ciudades hablan de sus habitantes. A veces, me avergüenza que Buenos Aires hable de mí. Con solo sacar a pasear a Galán, lo que veo todas las mañanas son veredas rotas, mugre y más mugre y más mugre, deposiciones de perros cuyos dueños no levantan, pis de perro marcando las paredes o lo que venga (porque los dueños los dejan), pis de humanos (trasnochados y no), botellas rotas (a veces, hay que sortearlas para que el perro no se corte), basura desparramada, cosas flotando en el agua de la fuente, y podría seguir.

No es tanto la mugre lo que me inquieta, sino que, así como somos abandonados con el mobiliario, lo somos con la gente que habita en ella. Cada vez, hay más gente viviendo en la calle, gente que depende de la buena voluntad de otros para comer. Podría enumerar a gente a la que observo constantemente y lo hago porque, si un día no están en su lugar habitual, no voy a pensar que están mejor sino que les pasó algo. Y es muy triste escuchar cosas como "ojalá que enrejen la plaza porque se te instalan", "de noche no saco a pasear al perro porque los que están ahí te roban" y, como fue desde siempre, el pobre es el delincuente (basta leer el Lazarillo de Tormes). Porque se olvidan de que son seres humanos que sienten, piensan, sufren, aman, lloran, ríen, comen igual que el resto.

Y duele. Buenos Aires es una ciudad que duele cada vez más. Así como las casas son el reflejo de nuestro interior (el mío, claramente, como dice la compañera Belén es barroco, pero no soy tan enquilombada como mi casa), las ciudades lo son de nosotros. ¿Podría alguien que vive en el medio de la mierda y el abandono tener buena energía para relacionarse con los demás? Entonces, ahí, tenemos la explicación de los bocinazos, las respuestas de mierda, la gente de mierda la violencia, este arde Buenos Aires...

¿Qué te hemos hecho Buenos Aires para que tus aires se transformen? ¿Cuándo te robamos el alma?

Como ya dije, debe de ser eso que decía Macunaíma, para entrar a las grandes ciudades hay que dejar la conciencia en la Ilha de Marapatá. No sé si es posible seguir persiguiendo acá la muiraquitã.

miércoles, 27 de julio de 2016

Mendoza - Ir y quedarse y con quedar partirse

Macunaíma al entrar en San Pablo deja su conciencia colgada en la Isla de Marapatá. Evidentemente, esas cosas que uno no necesita en las grandes ciudades. Ni eso ni el alma. Es por eso que al ir a lugares pequeños uno necesita recuperarlos.

Siempre sostuve que uno el ritmo interior y la temperatura interna las aprende de chico. No me importa que me digan que mi acento es de porteña o que soy porteña, sé lo que soy. Mi padre me enseñó a no olvidarlo. La memoria es un ejercicio constante, como el amor y la morriña gallega, incluso, ayuda a engrandecer lugares. Posadas me dio la vida, los juegos en la vereda, mi ritmo interior y mi temperatura.

Cuando viajo a lugares más pequeños, suelo recuperar estas dos últimas cosas. Llevo desde el domingo intentando entrar en la velocidad porteña, en sus horarios y en su ansiedad. En cambio, consigo andar muy despacio, sin prisas. La temperatura es algo que no pierdo nunca, la pasé mal con el frío mendocino como lo paso mal con el porteño. Uno se da cuenta de que tiene huesos. Eso para alguien que usó campera por primera vez a los 7 u 8 años es exceso.

Mendoza no es el lugar más hermoso del mundo. Sin dudas, no lo es. No se ofendan mendocinos, Posadas es quizás menos linda ciudad aún. Sin embargo, tiene un algo y es que no pude evitar pensar en Posadas, por sus calles, por sus horarios; aunque no se parezcan en casi nada.

Si tuviera que recomendar un lugar para viajar, podría enumerar otros varios antes de esta ciudad. No es un lugar al que le pueda adjudicar un color, un aroma ni una música. Por ejemplo, si tuviera que hacer eso con Misiones diría rojo y verde, el aire huele distinto, la música del Chango. Sin embargo, tiene dos o tres lugares que valen la pena (conocí poco, debe de haber muchos más): la plaza Independencia que tiene un monumento precioso (me venía "Carito" de Gieco a la cabeza) y el Cerro de la Gloria. Y una cosa que habla super bien de sus habitantes: los perros callejeros son felices, la gente les da comida y amor (y la limpieza, sin dudas). Pocas cosas embellecen tanto a una ciudad como el cuidado que se tiene por lo propio. Y algo que me fascinó es esa presencia sanmartiniana por todos lados, para mí, que soy casi su fan, no es poco.

También, tiene esas cosas que la hacen única y, quizás, esas son las cosas más bellas de un lugar. Los semáforos que no se entienden y las acequias. Agradecí que mis viejos no hayan ido nunca a vivir a Mendoza porque, con los genes torpes que circulan en mi familia, hubiéramos terminado lisiados todos en forma muy temprana. Entendí, además, los tiempos que maneja mi médico y, ahora, trataré de enojarme menos con él (aunque me resulta imposible enojarme porque le tengo mucho cariño).

De Mendoza, quizás, me llevo algo mejor. Haber consolidado una amistad. No fue gracias a los motivos más agradables de universo, pero descubrí que, en ocasiones, reírse con amigos es lo único que sana heridas (y si no las sana, por lo menos, pasás un buen rato).

Si bien ir fue un sueño cumplido, creo que desde enero estaba con ganas de ir, no sé si repetiría. Preferiría ir a Córdoba en la próxima ocasión (alguien me habló hoy de Córdoba y no la puedo olvidar). Quizás, no es raro que durante mi estadía en Mendoza haya danzado por mi cabeza la canción "no es lo mismo Córdoba sin ti" a repetición.

No es el lugar más bello del mundo, sin dudas. Sin embargo, no pude evitar llorar al irme, como me sucede cada vez que me voy de un lugar. Eso, por un lado, sé que es deformación gallega del desarraigo, del no poder soltar los lugares, de sufrir con lo lugares que dejamos, de amar una tierra por sobre todas las demás y amarlas a todas por igual, de "Ir y quedarse y con quedar partirse"; pero, también, debe de ser la forma de volver a dejar la conciencia y el alma fuera, lejos de una ciudad que ignora qué son esas cosas, de una ciudad que no necesita lágrimas, abrazos, sueños, ni alma.

Hasta el próximo viaje, en el que necesite vestir mis sentimientos nuevos.